Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

La plaga del amor

Y así fue como ellos dos, que alguna vez creyeron ser uno más uno, apenas sumaron dos por unos cuantos meses, y tiempo después terminaron por ser menos dos. Se anularon, uno con uno se van, y en vez de sumar, restaron y se restaron. No tomaron el uno del otro. Se quitaron hasta las ganas de seguir restando. Cuando se conocieron, se multiplicaron en risas, atenciones, amabilidad y disfraces, y dividieron todas las cuentas. Vivían enamorados a la enésima potencia, y eliminaron de lleno la posibilidad de considerar si estaban simplemente enamora dos del amor. Caminaban tomados de la mano, que al principio eran múltiples manos, como un poema de Gonzalo Arango, sin que les importara demasiado qué camino seguir. Caminaban, y aún hablaban de que lo importante no era llegar, sino el camino y caminar y patear las piedras y recolectar tréboles de cuatro hojas.

Se declararon un amor infinito y jugaron a las tablas de multiplicar, convencidos de que ellos dos eran cientos de miles, y que amaban con la pasión de cientos de miles y podían, como cientos de miles, cambiar el mundo. Los sueños de uno eran los sueños del otro, hasta el punto de que luego, varios meses más tarde, las viejas luchas y los antiguos objetivos se les mezclaron, se confundieron, y en la confusión ella fue él, y él, ella, como en la más romántica escena de una película. Aplaudieron el amor entonces, pero se quedaron con el aplauso, que luego fue sólo aire y humo cuando comprendieron que se habían extraviado los dos, que ya no sabían quién era quién, y que haber sido siempre dos, y dos en uno, los había matado. Él era geométrico. Ella, una antorcha. Al final, él perdió sus líneas, y ella, el fuego.

Una noche hablaron de hijos y de futuro, ella recostada en el hombro de él, viendo arder trozos de palo en una chimenea. A él le habían dicho que el amor era un fin, y que debía buscar y hallar su media naranja. A ella, tiempo atrás, algún deshilachado amigo le había dicho que ni el amor ni el cargo ni el dinero ni el trabajo y los horarios ni las compras alcanzaban para sacudirse la alienación a la que el ser humano estaba condenado por el inclemente bombardeo consumista del capitalismo salvaje. El amor era consumo, decía: una plaga. El trabajo era producción, decía. El dinero era una religión, decía, y todo ello era una absoluta imposición. Cuando se juntaron, cuando se mezclaron, cuando compartieron y compartieron, él se quedó pensando en consumo y producción, y ella, en el fin.

 

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