Por: Juan Manuel Ospina

La planeación no está de moda

Después de una jornada extenuante de lectura del interminable proyecto de Ley del Plan de Desarrollo de Santos II, Todos por un nuevo país, quedé con la convicción de que ya son cosa del pasado los tiempos cuando los planes de desarrollo de los gobiernos eran verdaderas cartas de navegación que servían para fijarle metas y rumbos claros al país.

Recordé los planes de Carlos Lleras, de Misael Pastrana, de Alfonso López Michelsen, todos diferentes entre sí, buenos o malos, pero con algo fundamental en común: permitían vislumbrar hacia donde se moverían las decisiones y los recursos públicos, al menos en el siguiente cuatrienio.

Hoy eso ya no es posible. En Colombia la planeación es, por el momento, un instrumento de acción pública desvalorizado desde cuando se impuso el fundamentalismo de mercado, aún dominante, que envió al cuarto de San Alejo, la concepción y práctica del Estado como actor económico que de la mano con el mercado, fueron verdaderas “locomotoras del desarrollo”. Quedamos a merced del mercado que supuestamente tendría la capacidad de autorregularse, haciendo innecesaria la acción estatal, con lo cual éste regresó al discreto papel, económicamente pasivo, de “estado gendarme” que había sido el suyo durante el régimen del liberalismo económico absoluto, que terminó en la Primera Guerra Mundial y en la más severa crisis que ha conocido el capitalismo.

De entrada llama la atención que el proyecto Todos por un nuevo país, más que un plan de desarrollo, es un mosaico desarticulado y desordenado de artículos, muchos de ellos importantes, pero que no muestran un camino. Sus prioridades, enunciadas al comienzo del proyecto de ley son: Desarrollo económico y social nacional, una paz sólida y estable, una mayor equidad y la ampliación de la educación; salvo la última, las demás son lugares comunes que nada nos dicen del camino que habremos de recorrer durante los próximos cuatro años, que arriesgan a ser menos intrascendentes y obvios que los mencionados objetivos. Serán años caracterizados por tareas complejas y de fondo, que habremos de acometer, con o sin firma del acuerdo de paz.

Su propuesta al país no tiene ni fuerza ni convicción. Planeación Nacional pareció olvidar que un plan de desarrollo es ante todo un documento, una propuesta política, en el sentido profundo del término. No se reduce a ser un documento técnico para presentar y justificar el listado de inversiones públicas a desarrollar en un período presidencial. “Todos por un nuevo país” a pesar de su nombre, ni convoca, ni convence y mucho menos moviliza. Parece que de poco valieron los 32 foros regionales y 25 específicos, realizados durante su elaboración. El punto es aún más notorio si se tiene en cuenta que uno de sus objetivos es pasar de la formulación de las políticas “con enfoque territorial” que caracterizó al Plan de Santos I, a que la ejecución sea territorial.

El Congreso va a tener que mirar con detenimiento la enorme cantidad de iniciativas que contiene, casi que una por artículo; iniciativas que deben ser evaluadas sin el apoyo que daría el poder contextualizarlas. La cacería de micos, el develar intereses particulares en normas que deben ser de alcance general, innumerables debates para denunciar las intenciones del Ejecutivo de presentar, como que no quiere, propuestas que el Congreso no le ha aprobado, serán el plato fuerte en el debate. Rescato, sin embargo, temas con un tratamiento coherente como son minería, educación, salud…

Colombia reclama y más en estos tiempos de vientos huracanados, tener una carta de navegación clara, para fijar su rumbo, para recuperar control sobre nuestro futuro como nación.

 

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