Por: Aura Lucía Mera

La polarización

Lo que quieren el Procurador, los ubérrimos, los títeres de turno, los que consideran que el Halloween incita a la perdición y a la adoración de Satán, los que se rasgan las vestiduras por el matrimonio entre parejas del mismo sexo, los que consideran el aborto en casos de violación o malformación como pecado mortal y fuego eterno, los que minimizan la corrupción del gobierno anterior (ocho años de derrumbe moral), los que justifican las atrocidades de los paramilitares y los que condenan el proceso de paz y prefieren que nos sigamos matando, no demoran en conseguirlo.

La polarización política que está viviendo Colombia sólo se puede comparar con la de los años cincuenta, en que ser liberal era causa de excomunión, pensar diferente no era admitido, los curas y los godos eran los poseedores de la verdad y había que exterminar “a sangre y fuego” a todo aquel que no comulgara con ellos, dando origen a esa violencia asesina donde los cortes de franela estaban a la orden del día y vecinos tenían que salir corriendo con sus corotos si se encontraban viviendo en el pueblo equivocado.

No hemos aprendido la lección. Somos el único país del mundo en que la muerte del otro se convirtió en el pan nuestro de cada día. Seis décadas de sangre, desaparecidos, descuartizados, desplazados, asesinatos a mansalva, genocidios, minas quiebrapatas, hornos crematorios, pedazos de cuerpos flotando en los ríos... Nos acostumbramos. Tres generaciones que no han vivido un día de paz.

Hablar del proceso de paz en ciertas reuniones se ha convertido en el campo de batalla de las sobremesas. Cada uno grita injurias al compañero de mesa. Unos defendiendo el paramilitarismo que permitió “volver a las fincas”. Otros gesticulando rojos de la rabia afirmando que a la guerrilla hay que acabarla a punta de bala y que ningún guerrillero tiene perdón de Dios. Que los diálogos de La Habana son un peligro para la “gente de bien”. Que no merecen perdón... Que el caudillo-capataz y sus marionetas son los únicos que nos pueden salvar...

Naturalmente, los defensores de la guerra son por lo general los que pueden comprarse apartamentos de dieciocho millones de pesos el metro. Los poseedores de latifundios donde el sol no se pone. Los que no pestañean al comprarse una cartera de cinco mil dólares y los que siguen pensando que el dinero y el plomo son los amos del mundo...

Se siente la rabia. Se palpa la inequidad. Se respira en el aire que la mayoría de los colombianos se hartaron de injusticias, corruptelas, manzanillos, prebendas, mafias, jueces amañados, procesos que quedan en la impunidad... Se siente que la mayoría queremos la PAZ. Queremos que se detenga el río de sangre. Queremos un país más equitativo.

¿Sería demasiado pedir un poco —sólo un poco— de cordura y entender que nos estamos jugando el futuro de nuestra gente? ¿Será que estamos condenados a seguirnos matando? ¿O podemos atrevernos a soñar con un país en paz?

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