Por: Julio César Londoño

La política es la nada disfrazada del todo

LA POLÍTICA ES LA NADA DISFRAZADA del todo, dijo un ingenioso. Pero, todo o nada, es el mejor correlato que tenemos para discutir los asuntos públicos; para decidir, por ejemplo, si el Estado tiene derecho a meter sus narices en la vida privada de las personas para planificar una campaña de salud, o en aras de preservar la seguridad nacional.

La política es la filosofía de los tiempos de crisis, dijo un filósofo. Bueno, don Séneca, pero ¿qué hacemos cuando es la política misma la que está en crisis? ¿Qué hacer cuando el neoliberalismo convulsiona y el comunismo es polvo?

Repasemos.

Los antiguos confiaban en los dioses o se resignaban al “destino”, que es más o menos lo mismo. El siglo XVIII puso su fe en la razón y el siglo XIX adoró la ciencia. Luego descubrimos que, en efecto, la ciencia resolvía muchos problemas pero creaba otros y soslayaba los más importantes. El siglo XX fue diverso. Creyó ciegamente en semidioses irascibles (Stalin, Mao, Hitler) y hasta volvió la vista sobre los elementos: primero adoró el uranio y luego creyó en la inteligencia del oro. Deslumbrado por su belleza, pensó que era capaz de autorregularse y ordenar el mundo, es decir, el mercado libre, cuya máxima expresión es el neoliberalismo.

Aclaremos que el capitalismo no es un sistema político; es un modelo económico tan casquivano que puede convivir con dictaduras de derecha (Pinochet), de izquierda (China), monarquías socialdemócratas (Suecia) y con repúblicas plutocráticas (Estados Unidos).

Keynes y yo pensamos que los Estados no se deben casar con modelos económicos rígidos sino aplicar políticas contracíclicas. En este momento, por ejemplo, se impone una fuerte regulación estatal del mercado porque la empresa privada se está fagocitando el medio ambiente y al Estado y amenaza con devorarse a sí misma. Urge una política que les devuelva la autoridad real a los gobiernos y preserve a los sectores vulnerables y a los individuos  débiles (¡que somos casi todos!). Hablo de conceptos como el New Deal, la socialdemocracia, el Estado de bienestar. Aunque usted no lo crea, estos modelos “paternalistas” funcionaron muy bien ayer. Aplicándolos, entre 1945 y 1975 Estados Unidos, Europa continental y el Reino Unido vivieron una edad dorada, sus habitantes conocieron por primera vez lo que era tener un empleo estable y seguro y una movilidad social ascendente sin precedentes; el índice Gini se redujo de una manera extraordinaria, Alemania pasó en una generación de la ruina de la guerra a ser la nación más rica de Europa.

Pero llegaron Reagan, un actor de reparto, y Tacher, una señora que hizo su agosto con una frase tierna: “La sociedad no existe: sólo hay individuos y familias”, y empezó el acabose. Al otro lado del Atlántico, el actor declamó agitando un dólar: “¡Está amaneciendo en América!”. Y entre ambos desmantelaron subsidios básicos, cosa que emocionó al estrato seis, y privatizaron hasta el agua, gangas que emocionaron a los negociantes. Esos mismos que se han enriquecido con la salud, las guerras, la vivienda y la educación, que consideran que la ecología es una necedad romántica y que hay tres mil millones de personas que todavía no están preparadas para comer.

Hoy, Estados Unidos y el Reino Unido tienen los peores índices sociales y de salubridad entre los países desarrollados (Tony Judt, Algo va mal , Taurus, 2010).   

Usted dirá que el mundo ya no está para New Deals ni para Estados de bienestar. Tal vez. Pero tampoco debemos permitir que lo manejen banqueros especuladores, mercachifles de la salud y contratistas de obras públicas. El aparato del Estado cuesta mucho como para que se limite a ser, con fondos públicos, el alcahueta de la empresa privada.

 

 

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