Por: Arlene B. Tickner

La política internacional papal

La Santa Sede ha sido un jugador mundial durante siglos. Pese a la existencia de muchos otros actores religiosos, es el único que representa oficialmente a sus 1.200 millones de fieles alrededor del globo, goza de relaciones diplomáticas con la mayoría de los Estados y de estatus especial ante la ONU, y promueve activamente sus intereses normativos en la escena internacional. En medio del avance del secularismo, la diversidad religiosa e incluso los duros escándalos financieros y de pedofilia que la han salpicado, su vigencia diplomática se ha mantenido.

Si bien el papado de Juan XXIII duró poco, el Concilio Vaticano II redefinió a la Iglesia católica, renovó su doctrina, revolucionó su interacción con los fieles y replanteó sus relaciones con las demás religiones. Durante el de Juan Pablo II se popularizaron —en medio del extremo conservadurismo del sumo pontífice— las giras papales como forma de atender simultáneamente a la comunidad católica y posicionarse ante otros mandatarios políticos y personas de diferentes credos. En consecuencia, la Santa Sede aumentó masivamente sus relaciones diplomáticas, las cuales incluyen a 183 países hoy. Desde entonces también ha ejercido protagonismo en distintos organismos multilaterales, con miras a defender principios católicos básicos como la no violencia, la atención a los países pobres, el apoyo al matrimonio y la santidad de la vida en todas sus formas, que se traduce en la oposición a los derechos reproductivos y la eutanasia.

Desde su elección en 2013, y luego del enclaustramiento de Benedicto XVI, el papa Francisco ha buscado robustecer la proyección internacional de la Santa Sede. Además de volver a la diplomacia activa típica de Juan Pablo II —a quien se reconoce un papel central en la terminación de la Guerra Fría—, ha recogido la simplicidad y el espíritu crítico de Juan XXIII, si no la teología de la liberación latinoamericana. Además de insistir en que la Iglesia católica sea de los pobres, ha denunciado la “dictadura” del capitalismo, reclamado los derechos de los migrantes, condenado la crisis humanitaria en Siria, mediado en los conflictos entre Estados Unidos y Cuba, y en Venezuela, tratado de atender el problema palestino y denunciado la destrucción del medioambiente. Al tiempo que goza de niveles de popularidad envidiables, su énfasis en la injusticia económica y social, así como su tono más permisivo frente a temas sensibles como la homosexualidad y el divorcio, también han levantado ampollas entre los sectores más retrógrados del catolicismo.

Aunque no cabe duda de que la diplomacia papal deriva su legitimidad tanto de la autoridad espiritual del papa como de los principios y valores de la Iglesia, no es menos cierto que la Santa Sede ejerce poder mediante su participación en los debates mundiales y su rol como formador global de opinión. Quienes en su falta de perspicacia o testarudez insisten en que la visita de Francisco a Colombia es sólo de carácter pastoral, y acusan al Gobierno de quererla manipular en función del apoyo papal al proceso de paz con las Farc y el Eln, pierden de vista que en lo concerniente a la estrategia internacional de la Santa Sede, lo espiritual siempre es simultáneamente político.

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