La Pontona, periodista anfibia

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Después de una semana larga, llegó desde Santa Catalina un mensaje despojado: “Hola”. Raquítico, sin signos de admiración siquiera. Eran las 7:49 a.m. del pasado martes. Una amiga replicó: “Este es el ‘Hola’ más añorado y esperado en años”. A los diez minutos otro: “Hoy se recobró la señal de claro”. Pragmático, sin mayúscula para la compañía del celular.

La misma amiga agregó una caridad femenina: “Lo primero que pienso es que la Pontona necesita cremas para la cara. Cada cual con sus prioridades”. Y un emoticón picando el ojo.

Poco después, otra comunicación se explayó -es un decir- en detalles: “Estamos bien, lo perdimos todo… estamos en un refugio con nuestros vecinos que nos salvaron la vida¨.

Los mensajes culminaron en un video de medio minuto. “Para que se den una idea, en este momento estoy parada en lo que era la sala de mi casa. Esas eran las escaleras de la cocina, el barbecue, allá tengo el pozo profundo, aquí era donde yo tenía mi semillero. No quedó nada. La cisterna del agua y allá al fondo, donde están los muchachos anfibios, quedó la escalera por donde se entraba. Eso fue lo que quedó de mi casa”.

Los ´anfibios´ visten casco y guantes azules, camiseta café, pantalones camuflados de la marina, botas sólidas, tapaboca anticovid. El paneo de la camarita lame una superficie sin escombros, sin paredes, meros recuerdos. Arbolitos truncados con motosierra levantan sus muñones atestiguando lo que fue.

No obstante, la voz de la fogosa Pontona está en calma. A poco del comienzo de milenio se mudó de su Bogotá, con su marido francés Olivier, hasta la punta extrema del archipiélago. Más extrema ahora cuando el ciclón Iota 5 se comió el Puente de los Enamorados, que salvaba los 150 metros hasta Providencia, y confinó entre cuatro aguas a los 200 habitantes, mal contados.

Tal vez la más reciente aparición pública de Amparo Pontón fue en agosto de este año, cuando recordó su épica de reportería televisiva en el Noticiero de las Siete, acabado de restaurar por RTVC. Gracias a un ADN indeclinable de periodista, la Pontona mantiene el énfasis en la dicción y la precisión en los datos cataclísmicos que difunde con delirio entre colegas de un chat de wasap.

Antes de radicarse en las isla -como puente entre dos vidas y para gozar de las galas gastronómicas de Olivier-, la pareja abrió en el barrio bohemio La Macarena de Bogotá el restaurante Casa Baja, sin imaginar que el nombre resultaría premonitorio. Se hizo célebre por las rumbas entre milenios, cada vez que un amigo cumplía cincuenta años.

Luego de ser coordinadora de turismo y jefe de prensa de la alcaldía de Providencia, Amparo se mudó a la casa barrida por el huracán donde atendía un restaurante con la cocina de su marido. Los salvó la solidaridad. La noche que vino con borrador fueron acogidos por la familia de una de las escasas viviendas construidas ´con material´, en la que se apiñaron los que cupieron.

Solo alcanzaron a terciar un morral con computador, celular y papeles importantes. Desde entonces el millón de amigos cruzaba los dedos cavilando sobre la suerte de la Pontona anfibia. Hasta que llegó el “Hola”.

arturoguerreror@gmail.com

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