Por: Mario Morales

La popularidad como chantaje moral

LO ÚNICO QUE SABEMOS CON CERteza de la criatura es su destinatario: el pueblo. Pero sus señales particulares: el qué,  cuándo,  hasta cuándo, cómo y hasta el cuánto son un auténtico misterio.

Es más, es posible que no haya siquiera criatura como lo hacen sospechar las versiones encontradas de sus creadores sobre su naturaleza y sobre sus características: que tiene forma de referendo; que no, de plebiscito; que de refrendación; que de repetición de elecciones; que de legitimación.

Pero la sola creencia de que va a haber criatura ya ha comenzado a dejar resultados. Como lograr que la prensa, los análisis y debates privilegien la virulenta respuesta del gobierno de Uribe antes que el fallo de la Corte Suprema y su consecuente manto de duda en relación con los procedimientos de la reforma constitucional que permitió la primera reelección.

Como cortina de humo funciona, no sólo porque desvía las corrientes de opinión, sino porque traslada un fallo jurídico específico e indiscutible en ese ámbito y además de obligatorio acatamiento, a un debate político donde todo es posible, incluso llamar, como lo hace el asesor José Obdulio Gaviria “comunes y rutinarios nombramientos” a lo que la Corte denomina “las mezquindades de los halagos y promesas burocráticas que Yidis Medina consintió en interés particular”.

Pero al observar su viabilidad,  la propuesta (cualquiera que ella pueda ser) es débil, improvisada y no tiene objetivos más allá del puramente simbólico de la “legitimación” de un gobierno que se obnubiló con el activo de la popularidad (y que los medios mitificaron en ese 84%), y lo derivó hacia un chantaje moral que desconoce los fallos de la justicia, las actuaciones de los organismos de control como la Procuraduría, pero especialmente la necesidad democrática de conocer la verdad con arreglo a la ley sobre los acontecimientos de hace cuatro años.

Porque más importante que saber si el Gobierno cuenta con apoyo en la urnas, es conocer si es digno de ese apoyo y si ha sido coherente con la promesa de acabar con la corrupción y la politiquería.

Sobre todo ahora que al traspasar los diques de la cordura y el respeto institucional, acabó con cualquier duda acerca de la segunda reelección, esa otra criatura que se venía gestando y que para consolidarse recurrirá al mismo pretexto fácil de querer legitimar y refrendar este período presidencial, que como el de Samper, está empleando más tiempo y esfuerzos en defenderse que en gobernar.

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