Por: Christopher Hitchens

La primera excusa

TAL VEZ GENERACIONES FUTURAS recuerden la campaña de Hillary Clinton como la vez en que una mujer estuvo más cerca de conseguir en Estados Unidos la nominación presidencial de un partido político importante.

Pero también será recordada por muchas otras características sobresalientes.

Es la primera vez que la esposa de un ex presidente usó su estatus de primera dama para obtener una banca en el Senado y luego para postularse como candidata presidencial. También fue la primera vez que el esposo de la candidata (y jefe de la campaña) fue una persona expulsada del foro de abogados por perjurio y llevado a juicio político por entre otras cosas obstrucción de la justicia. La primera vez desde la década del sesenta que un demócrata que buscaba la nominación implícitamente confió en la “estrategia sureña” de apelar al rencor de la “clase trabajadora blanca”.

También fue la primera vez desde el lacrimoso Ed Muskie que manaron lágrimas de un candidato en New Hampshire. La primera vez que una candidata estaba casada con un hombre creíblemente acusado de violación y acoso sexual. La primera vez que una candidata dijo de su rival mitad afroamericano que tal vez no era musulmán, “al menos hasta donde se puede saber”. La primera vez que el perdedor en el conteo de delegados falló en congratular o reconocer al ganador en la noche de su histórica victoria.

Se trata de un montón de cosas cometidas por primera vez que es necesario contar. Pero ahora los partidarios de la senadora por Nueva York están denunciando juego sucio y diciendo que los votantes demócratas, incitados por los medios de comunicación, rechazaron la postulación de Clinton simplemente por machismo o por sexismo.

Esta ofensa vaga e indistinta fue portentosamente invocada en muchos artículos recientes. Por ejemplo, se aludió a un comentario de Mike Barnicle, quien dijo que la senadora Clinton lucía “como una viuda tratando de recibir de un tribunal todo lo asignado en un testamento”, o a chistes sobre el modo como su fanática persistencia y negación de la realidad evocaba el personaje de Glenn Close en Atracción Fatal.

Pero ninguna de estas cosas tiene la más mínima comparación con el racismo del que ella hizo gala, y que puede definirse como la atribución de cualidades inferiores a miembros de un grupo étnico diferente. (Y una de las razones por las cuales la comparación casi nunca funciona es muy simple: ningún antropólogo o etnólogo realmente cree que la especie humana está subdividida en razas. Pero sólo una persona muy incauta observa a la especie humana como separada exclusivamente por propósitos reproductivos en dos sexos o géneros. Una distinción es falsa, en otras palabras, mientras que la otra es real).

Basta recordar algunos de los momentos de risas menos espontáneos de la senadora Clinton durante los debates de los demócratas. ¿Cómo los describirían? Referirse a ellos como simplemente alborozados sería hacer violencia al lenguaje.  La palabra “cacareo”, realmente una onomatopeya, es mejor. Da una idea de cómo sonaba esa torpe carcajada.

Intenten la misma prueba con material más filoso, como el chiste de Atracción Fatal. ¿Se está alegando que quien acosa es


siempre una mujer? Para nada. Como los homicidas múltiples, quien acosa es, en la enorme mayoría de los casos, un hombre. Por lo tanto, para algunas personas, no se puede hostigar desde una posición femenina.

Yendo tan lejos como se atrevió sobre el punto, el New York Times criticó al  Washington Post por mencionar el “escote” de la senadora Clinton. Como vivimos en una era de seres fácilmente ofendidos y agresivamente inocentes, el comentario no nos consideró lo bastante adultos como para ser informados si el escote se hallaba en la parte de adelante o de atrás. (Tengo la devota esperanza de que se tratara del primer caso).

  Sin embargo, creo ver la pauta que está emergiendo. Quienes apoyan a la senadora Clinton tienen permiso para enfatizar su género y sexo en todo momento y hacer un asunto gigantesco de eso por su propio bien. Incluso proclaman que debería ser la presidenta de los Estados Unidos en tiempos de guerra solamente porque se trataría de la primera persona poseedora de una vagina encargada de ese puesto.

  Pero —aquí está la trampa— las personas que están en contra de ella ni siquiera tienen permiso para aludir al hecho de que ella tiene atributos femeninos. De este modo, estamos preparando a nuestras valientes hijas y nietas para un futuro libre de sexo y de una absoluta neutralidad en materia de géneros. O, en cualquier caso, a algo similar.

¿Hasta dónde llegará el patetismo? ¿Cuándo aprenderemos que hay más en la emancipación política y social que el simple agregado del sufijo “ismo” a cualquier palabra común? En común con un montón de hombres, tengo o he tenido una madre, esposa, abuela, suegra, hija —más o menos todo femenino excepto una hermana, que hubiera deseado tener— y dado todo este respaldo femenino, rechazo que me hablen de una manera tan condescendiente.

  Hay muchas maneras por las cuales se puede ser una mala persona. Yo no creo que el cromosoma “Y” codifica especialmente a algunas de ellas. Y ciertamente muchas feministas están de acuerdo conmigo en que ciertos lamentables rasgos están asociados desde siempre con el sexo masculino.

Pero en ese caso, no será fácil para los partidarios de la senadora Clinton argumentar que ella no puede ser identificada como una mujer, al menos que (¿o quiero decir hasta que?) la palabra “mujer” se vuelva más unida a la palabra “santa” o “ángel” o con el término “persona que nutre, cuida y alimenta”, de lo que es ahora.

La totalidad de la campaña de autoconmiseración de la senadora Clinton, me parece, ha retardado e infantilizado el proceso político y ha usado el cada vez más vacío término “machismo” para enmascarar la derrota de una de las candidaturas más sucias y fanáticas de la historia moderna.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman).

c.2008 WPNI Slate

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