Por: Carlos Granés

La prioridad es Europa

Lo que ha ocurrido en Cataluña durante los últimos meses no sólo incumbe a España. Hay algo más en juego, y ese algo es Europa. Aunque los independentistas se digan europeístas, la pulsión que alimenta su ideal representa la antítesis de ese consenso entre naciones. Europa es una utopía que marcha sobre una tortuga. Ningún otro proyecto social, político y económico ha salido tan bien en los tiempos modernos, pero es evidente que su funcionamiento es lento y burocrático. Y eso con 27 Estados. ¿Qué ocurriría si esa cifra se multiplica por dos o por tres? Porque Europa es un rompecabezas lingüístico y cultural muy complejo, con una historia de fracturas, guerras e independencias que cualquier demagogo puede desenterrar. De exacerbarse ese raigal sentimentalismo, sólo de Italia surgirían cerca de diez países, del bloque nórdico se desgajarían otro buen número de paisitos, y Alemania y Francia regalarían al mundo, como mínimo, una nueva región independiente cada uno. De España serían candidatos, además de Cataluña, Galicia, el País Vasco, Valencia… hasta hay quienes promueven la independencia de Andalucía. Y de Canarias, a quienes unos delirantes preferirían ver como un protectorado marroquí.

¿Cómo lidiar con una Unión Europea compuesta por tantos países o bajo la presión de dar cobijo a nuevas regiones que se dejen persuadir por sentimientos secesionistas? El nacionalismo ha sido la plaga de Europa, y la Unión surgió para aplacarla. Aceptar como miembro a un país que funda su independencia en el mal que pretende neutralizar atentaría contra su propia lógica. Esto no se les escapa a los soberanistas, y por eso su estrategia ha variado. Ya no dicen: “España nos roba”, argumento de marras del nacionalismo; ahora apelan al victimismo. Puede que la Unión no admita a un nuevo país que se va de España porque es rico y no le interesa someterse al principio de solidaridad, pero ¿puede decirle lo mismo a una región víctima del autoritarismo?

Es un gran logro de la sociedad contemporánea que se haya instaurado la hipersensibilidad hacia las víctimas de la historia y de los prejuicios. Pero este logro moral ha venido acompañado de un nuevo vicio, el oportunismo, que en este caso se manifiesta como victimismo. A esto se suma la importancia del relato. Hoy en día importan menos los hechos que el relato que los enmarca, y la película que han intentado venderle al mundo entero, incluso a los mismos catalanes —las lágrimas de Piqué eran sinceras—, es que una España autoritaria, donde el franquismo sigue vivo, no les permite votar ni decidir su futuro. Las imágenes del referendo fraudulento que la Guardia Civil trató inútilmente de impedir han sido el botín más preciado en esta lucha.

Pero todo esto es una farsa. Ya lo había dicho en estas páginas: los independistas necesitaban una imagen de martirio que corroborara un giro en el relato. Con base en ella y en la presión callejera, tratarán de seguir adelante. Pero aquí hay algo más importante que los sentimientos y deseos de dos millones y medio de personas. Salvaguardar a Europa debe ser la prioridad. Ningún sueño o proyecto social puede justificarse por el fervor con el que se desea. Como los fascistas y los comunistas, mientras pretendan ser parte de Europa los nacionalistas tendrán que convivir con la frustración.

 

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