Por: Lorenzo Acosta Valencia

La procesión de los huérfanos

DESDE EL VIERNES PASADO, EL URIbismo sentó los términos del discurso para las elecciones que se avecinan: el pueblo colombiano ha quedado huérfano por la inexequibilidad del referendo que buscaba la segunda reelección del Gran Mago.

Se trata del tránsito de la encrucijada de un alma en luto colectivo. La frustración embarga hoy a cinco millones de firmantes según Luis Guillermo Giraldo, entre los cuales debemos contar las lágrimas de Lucero Cortés, posmoderna versión de la Señora de los Dolores, y a Andrés Felipe Arias, quien manifestó sentir un vacío en su aire metafísico. Sí, el Estado de Opinión es una variante del Estado de Derecho. Los desvalidos tendrán que avanzar pese a la decisión de la Corte Constitucional y “por delante de su líder” —exquisito absurdo de Rodrigo Rivera—, pero con la cautela que señaló el Oráculo: “Debemos mejorar el rumbo sin abandonarlo”.

Las elecciones, concluyen los dolientes, serán un plebiscito para mantener la Seguridad Democrática a través de la metamorfosis del próximo mandatario en la imagen del Ausente. Pero antes es necesario hacer el duelo: Marta Lucía Ramírez y otros deudos convocan a una marcha nacional en gratitud al Sumo Reformador por acatar el dictado de los jueces y por ocho años de patronato. Es necesaria una cuidadosa puesta en escena de tal procesión que simbolice la perpetuidad de su genio. He aquí unas breves sugerencias para los encargados de la logística.

Ante todo, los huérfanos deberán ir en orden según su cercanía al pendón presidencial. Los aspirantes a residir en el Templo de Nariño —donde finalizaría el peregrinaje de no perder su rumbo— encabezarían la romería con ojeras maquilladas para que no se piense que unos han llorado más que otros. Y habrían de llevar en andas el trono moral con sinuosas volutas talladas a partir de fragmentos de normas y papel periódico con obtusos garabatos. Le seguiría el séquito de los redactores del referendo, quienes irían recitando lecciones de gramática. Su voluntad de contrición sería más evidente si acompasaran la procesión repitiendo “en el principio era el Verbo”.

El eco se prolongaría al grupo de ministros, congresistas y sacerdotes de la Unión de Iglesias del Gran Pontífice, estamento de caballistas que se identificaría como intérprete de la voluntad popular. Repartirían palas —sin importar los costos— entre el gremio posterior de burócratas y cada oficinista, receloso, abrazaría la suya como reliquia y cavaría una trinchera al mandato de cualquier guiño. Entre tanto, se escucharía el canto responsorial: “No habíamos tenido paz”.

Todo terminaría con la muda congregación de fieles de la Unión. De seguro lloverá, así que será necesario llevar paraguas. No importa: el peso de una voluntad que no sabe hablar es mayor en el marco de una naturaleza conmovida. Se diría que Dios así lo quiso porque, en el principio, Dios era Verbo. Lo que importa es que los peregrinos se sientan tranquilos luego de haber participado en la gran comedia que quiso perpetuar lo pasajero.

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