Por: Doña Gula

La propina para la cocina

Hace algunos días tomé un taxi con el fin de cumplir una cita en el centro de Medellín. Antes de abrir la puerta, saludé al conductor, quien con agilidad de quinceañero —un viejo setentón de figura marrullera— me invitó a pasar a su vehículo, y al preguntarme por mi destino le contesté no con la dirección, sino con la intención: "Voy a desayunar".

Con espontánea carcajada me volvió a preguntar por mi lugar de destino e igualmente me acotó que, bajándome yo, desayunaría él. Le pregunté dónde y qué desayunaría; palabra más palabra menos, su respuesta fue: “Vea mi doña, hace más de 16 años que desayuno todos los días lo mismo y en la misma parte. ¿Y sabe por qué, mi señora? Porque desde el primer día que me senté en ese sitio, simpaticé con la cocinera que me tomó el pedido, a quien por anticipado le entregué una propinita... Mire señora: desde ese día, todos los días de la vida le doy unos pesitos antes de que me sirva y ella se detalla conmigo, pues me sirve lo mismo que a todo el mundo: chocolate, arepa, carne frita, una montaña de arroz y huevo frito... pero por la propinita que le digo, a mí siempre debajo del arroz me viene otra presita de carne”.

Desde que tengo uso de razón recuerdo a mi madre entrometiéndose siempre en las cocinas de todos los lugares, para felicitar y entregar de su propia mano a la cocinera de turno, un billetico enrollado; lo hacía no sólo en los restaurantes de carretera, sino igualmente cuando visitaba las fincas de sus amigas o cuando estaba de visita en la casa de sus hermanas. Para mi madre el trabajo de las cocineras era siempre subestimado y sostenía que las alabanzas se las llevaban siempre el patrón o la patrona, el mesero o el maître, y según ella, de la pobre cocinera nadie se acordaba. Con el taxista de mi historia y con mi madre, somos tres las personas que siempre hemos considerado la necesidad de hacer llegar propina a las cocinas. Personalmente, no lo hago con la intención de lograr mejores tratos y grandes porciones, sino porque estoy completamente de acuerdo con mi progenitora. Conozco muy bien lo que acontece en restaurantes, clubes y hoteles, donde el famoso “tronco de propinas” es un dolor de cabeza permanente para propietarios y administradores, siendo siempre los ‘paganini’ los empleados de la cocina. Nadie más agradecido que un cocinero(a) cuando recibe su reconocimiento. Quien esto escribe posee las mejores amistades en diferentes restaurantes de la ciudad, se codea amigablemente con las señoras del servicio y las mayordomas de las casas y fincas de sus amigos, y por practicar tan elemental detalle, jamás ha tenido que reclamar, devolver o rechazar un servicio, pues por el contrario me llueven las atenciones. Mi lema es: “doy propina porque la siento, no lo hago por obligación y mucho menos por demostración”.

 

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