Por: Salomón Kalmanovitz

La prosperidad: ¿qué tan democrática?

ES EVIDENTE QUE EL CRECIMIENTO de la economía colombiana se ha recuperado.

Buena parte del impulso viene de la política monetaria de muy bajas tasas de interés, que ha propiciado un aumento de las ventas a crédito. Al mismo tiempo, la baja inflación y la revaluación del peso han aumentado el poder adquisitivo de los ingresos de los colombianos.

Otro factor fundamental en la reactivación es la demanda de Asia sobre las materias primas que producimos, lo cual incide en el aumento de la inversión extranjera en minería. Es desafortunado, sin embargo, que la actividad minera genera poco empleo, depreda el medio ambiente y conduce a caídas de la rentabilidad en el resto de la economía. Este sector ha recibido enormes beneficios en el pasado, que no se compadecen con el equilibrio fiscal.

En efecto, la deducción del 30% por la adquisición de maquinaria beneficia en especial la minería y los regalos tributarios constituyen el 40% del déficit fiscal del gobierno central.

Según las cuentas nacionales del DANE, los sectores que más crecen en el primer trimestre de 2010 son construcción (16%) y minería (13%), con la agricultura (una de las cinco locomotoras del crecimiento) contrayéndose otro 1,3%. El desempleo durante el mismo trimestre alcanzó ¡13%!, mientras que la informalidad cobija al 56% de la población. Lo evidente es que las políticas públicas son en buena parte responsables de que el crecimiento económico se profundice sin remediar los altos índices de desempleo e informalidad.

Aunque el Ministro de Hacienda dijo que va a examinar las exenciones tributaria irracionales que subsisten, lo que va a hacer por el momento es aumentar el déficit del gobierno central en otros $2 billones, completando el 4,9% del PIB. Intenta así contrarrestar el draconiano ajuste que le impuso el gobierno saliente.

También es preocupante que el gobierno se amarre las manos en el tema de los parafiscales y de las otras cargas a la nómina que fomentan la informalidad y el desempleo. Se sugiere que, para complacer a los sindicatos derechistas que son parte de su proclamada unidad nacional, el gobierno contemple retirar de su agenda reformas profundas al régimen laboral y al de salud.

Una reforma tributaria es necesaria si se quiere cumplir el lema de gobierno de “prosperidad democrática”. Tenemos un sistema muy regresivo e insuficiente que reposa sobre los impuestos indirectos (8 puntos del PIB), mientras que los impuestos a la renta se han disminuido con las nuevas exenciones y deducciones al 5% del PIB.

Estos tributos, incluyendo el del patrimonio para financiar la guerra, recaen sobre las empresas: las personas naturales dueñas de acciones están exentos de tributar sobre los dividendos recibidos y deducen buena parte de los intereses que devengan sus portafolios.

En los campos, los grandes latifundistas pagan sumas ridículas de predial y esconden su patrimonio del fisco nacional.

Corresponde entonces recomponer las cargas: se puede aumentar tanto los impuestos a los dueños de la riqueza del país que incluso cabe una reducción de los tributos de las empresas, en especial los que recargan sus nóminas. Nuevos impuestos a las exportaciones mineras permitirían ahorrar la bonanza. Ahí sí tendríamos un prosperidad mejor repartida, más empleo y, no menos, equilibrio macroeconómico que garantice una prosperidad mayor y más duradera.

 

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