"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 10 horas
Por: Salomón Kalmanovitz

La protección a ultranza

EN 1927, FRENTE A UNA SITUACIÓN DE escasez de alimentos y altos precios internacionales, Esteban Jaramillo, entonces ministro de Hacienda, decidió valerosamente abolir los altos aranceles que recaían sobre la comida. Lo hizo mediante una ley de emergencia que despertó la furia del gremio agrícola, que era de los pocos que existían en ese entonces y que desde el quinquenio de Reyes gozaba de una protección excesiva.

Jaramillo argumentaba que los altos costos de transporte constituían de por sí una protección más que suficiente para la atrasada agricultura nacional y no tenía sentido que el gobierno continuara con un arancel que les quitaba la comida de la boca a los ciudadanos, agobiados suficientemente por la carestía, con un impuesto enorme sobre los alimentos importados para que los agricultores locales capturaran unas rentas considerables. Según el texto de ensayos históricos de Juan Camilo Restrepo Finanzas y financistas, Jaramillo llegó a decir: “yo soy el convidado de piedra que agria el pan de la mesa proteccionista”. La sabia decisión de Jaramillo le ocasionó su salida del gobierno de Abadía, quien sin embargo intentó renombrarlo al calor de la gran depresión que estalló dos años más tarde.

El precio del maíz y del resto de cereales anda disparado por dos fenómenos que se combinan de manera perversa: la decisión de la administración Bush de extraer alcohol carburante del maíz, ofreciéndoles gordos subsidios a los agricultores norteamericanos, que ya están disfrutando de los precios más altos que se recuerde en la historia reciente, dejando de producir para el consumo humano; agréguese ahora el aumento de la demanda de alimentos de las nuevas clases medias que surgen del rápido crecimiento que han experimentado la China y la India y el resultado es el de precios muy altos durante mucho tiempo.

La arepa o la tortilla al sur del Río Grande se encarece para tanquear los glotones 4x4 de los norteamericanos, al tiempo que el mercado mundial ha sufrido una transformación estructural. Eso significa que la protección a los alimentos se volvió redundante. Se puede producir en tierras poco fértiles en todos los países del mundo.

La situación actual es más grave que la de 1927. Un vocero de la ANDI pidió que se aboliera el arancel del 30% que recae sobre el maíz blanco, que graciosamente el Ministro de Hacienda redujo de su nivel anterior de 45%. Adicionalmente, produjo otra gracia: permitiría la importación de 47.000 toneladas sin arancel que, frente a la importación requerida, es como la rifa de un par de BMW entre los clientes de un banco y no sabemos cuál fue el método para escoger los ganadores.

Para colmo de colmos, se entregan subsidios a la producción de maíz amarillo, al precio internacional actual de 237 dólares la tonelada, cuando se considera que un buen precio es aquel que ronda los 150 dólares. Nuestras contribuciones van entonces a subsidiar la todavía atrasada agricultura colombiana, como la caracterizara Esteban Jaramillo hace 80 años. Se da curso así al acuerdo con los terratenientes de darles medio billón de pesos anuales en subsidios, a cambio de dejar de oponerse al TLC. Por ahora TLC no hay, pero ya llevamos dos vigencias de regalarles nuestros impuestos a los que más tienen.

La preocupación de los industriales se debe a que la protección excesiva siga encareciendo los productos básicos de la dieta de los colombianos. Ellos temen, con razón, que la carestía les encarezca los salarios y, de contera, ver disminuida la demanda para el resto de bienes procesados que puedan adquirir los consumidores.

El Ministro de Agricultura y los gremios agrícolas salieron a uno a decir que el señor de la ANDI no tenía que estar nervioso, que todos iban a poner para producir lo suficiente, que aquí no podía haber hambre.

Cuña 2: La página de la Asociación Colombiana de Historia Económica es http://www.ache.org.co.  Los invito a entrar y afiliarse.

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