Por: María Elvira Bonilla

La protesta de los indignados

SON MILES DE MILES LOS ESPAÑOLES, jóvenes en su mayoría, que llevan ya seis días acampando en la céntrica y emblemática Plaza del Sol de Madrid y en sus alrededores. El eco de su protesta llegó a otras ciudades españolas y europeas. Los mueve un sentimiento: la indignación.

En Mayo 68, cuando la juventud francesa estrenó la calle como escenario de libertad, de rebeldía y de construcción de sueños, con una fuerza que se oyó en el mundo entero, los españoles permanecían bajo la mordaza de la dictadura franquista. Franco llevaba más de 30 años en el poder y a su sombra creció una generación que aunque respiró con la Transición a la Democracia y vivió el destape de los años ochenta, maduró sin voz propia. La voz que hoy reivindican los miles de muchachos saturados, decepcionados y enfurecidos con los políticos y la demagogia politiquera, ofendidos con la corrupción de los excesos de una legislación de flexibilidad laboral que permite despedir a quien sea con indemnizaciones baratas, en fin, hartos con la incapacidad del gobierno para frenar los excesos bancarios y para lograr que el dinero circule con el propósito de financiar la generación de empleo con lo que se habían comprometido el Partido Socialista Español.

La crisis se profundiza y con ella la falta de trabajo, especialmente de jóvenes, que ponen el 40% de la totalidad de los desempleados españoles. No es una protesta anti-sistema, sino contra sus fallas. Contra el fracaso de gobernantes y parlamentarios y sus discursos y promesas, que sobreviven atrincherados detrás de su retórica evanescente. Les da lo mismo Zapatero o Rajoy, cualquiera es igual, todos les han fallado. Es una rebelión contra los políticos, con su poder estéril y egoísta, la rebelión de la ciudadanía que los padece.

En Colombia llegará más temprano que tarde esta ola de protesta creativa, de insatisfacción juvenil. Aquí también hay 11 millones de jóvenes a quienes el sistema les ha fallado, con sus expectativas frustradas y su horizonte de futuro limitado. Llegará el momento de la saturación, de la indignación por no tener oportunidad de trabajar, de caminar libres y sin riesgos por el país, de construir futuro sin tener que seguir poniendo los muertos. Se reventará también el jarillón que retiene la rabia contra la corrupción que se generalizó con una velocidad inusitada y que arrastra a los gobernantes responsables de la misma. También en Colombia hay una furia contenida contra los políticos, contra los dirigentes que siguen fallando, que no logran enrutar el país por la senda de un progreso colectivo que permita acortar unas diferencias sociales y de oportunidades que duelen. Gobernantes que no cumplen con sus obligaciones ni con sus mandatos y que terminan suspendidos por ineptitud o corrupción, que permitieron que las ciudades se volvieran, sin excepción, muladares invivibles, y la vida urbana un infierno de inseguridad y miedo. Llegará el día en que la indignación arroje a los muchachos a la calle, como sucede hoy en Madrid, pero también ocurrió en Grecia, Egipto, Túnez, Libia y todo el mundo árabe. Y con razón. El riesgo de que en Colombia reviente también la indignación ciudadana y en especial la juvenil, es alto. A no ser que finalmente los políticos y muchos gobernantes entiendan el malestar creciente y corrijan su rumbo. 

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