Por: Luis Carvajal Basto

La protesta española

Miles de personas, de manera espontanea, han ocupado lugares emblemáticos de las principales ciudades para presentar un mensaje pacifico anti política tradicional, contra la corrupción y por una democracia que han llamado "Real". ¿Están las respuestas a sus preguntas en manos del gobierno de Zapatero o de cualquier otro en un mundo globalizado?

De entrada, podría parecer una competencia entre dos formas de practicar la política: la que realizan partidos tradicionales como el PSOE, el PP, izquierda unida o CiU y la que se convoca a través de las redes sociales que no quiso votar en las elecciones del domingo pero si manifestarse a la manera de un abstencionismo activo, lo cual es una novedad en un país desarrollado aunque coincida con el año en que África explotó.

Desde América la demanda de democracia  real parece chiste en un País que conserva la Monarquía más democrática y Constitucional que se conozca. Luego, en serio, pedir que los políticos no roben, que a la población se presten los servicios adecuados, que los partidos interpreten el sentir de la gente y que a los jóvenes profesionales  se les reconozcan empleos dignos y acordes con el esfuerzo y la inversión realizada por ellos y sus familias, podrían servir para un plebiscito que, aquí o en cualquier parte, millones firmarían.

Las diferencias con las protestas africanas son todas, comenzando por que mientras allí los manifestantes son asesinados  por las dictaduras, en España están permitidas, sino promovidas, Constitucionalmente. Si su democracia fuera débil no se podría ni pensar que se permitieran tumultos en la puerta del sol, la plaza de Cataluña o en Valencia y mucho menos coincidiendo con un momento de elecciones, pero el mensaje de que algo  anda mal, está presente.

La crisis económica mundial ha golpeado duramente a nuestra Madre Patria. El desempleo se ha mantenido, ya por un largo periodo, en niveles del 20% de lo cual los populares le echan la culpa a Zapatero como si Aznar no hubiera sido huésped, hasta hace relativamente poco, de la Moncloa o la representación del PP en el congreso de los diputados no se hubiese dedicado a torpedearle en lugar de colaborar en construir una política de Estado, anti-crisis.

Entre otras cosas, si de algo se puede sindicar a Zapatero  no es de abstenerse de liberar más a un mercado, por tiempos bandera de los populares que colapsó producto de su anarquía, como lo expresó claramente el Presidente  Obama, sino todo lo contrario: no aplicó de manera contundente la receta según la cual el Estado debe  intervenir a fondo para subsanar  los fallos de un mercado que, a falta de reglas, enloqueció.

Así que superando el oportunismo del Partido Popular, que  ha querido tomar la protesta como suya para convertirla en un pretexto electorero, se deben buscar las razones de la crisis y el desempleo, también más allá de las fronteras de España. ¿Cuántos puestos de trabajo habrá perdido un País con normas ambientales decorosas y costosas para cederlos a aquellos que no las tienen y cuya producción es más barata?, ¿Cuántos a manos de aquellos  con salarios infinitamente más bajos que los insatisfechos mileuristas?

Sin duda, la vacilante política económica de Zapatero fue castigada en las elecciones del pasado domingo sin que ello signifique que el PSOE perdió por anticipado las generales como ocurrió hace tres y cuatro años. Tampoco se puede pensar que la protesta es una crisis del régimen político en cuanto la participación electoral, del orden del 74% en elecciones de Congreso, ha superado históricamente los tumultos. Pero ha quedado un mensaje claro: la democracia Española, al igual que muchas otras en el mundo, debe hacer clic en la tecla “actualizar”.

 

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