Por: Luis Carvajal Basto

La protesta estudiantil

Una prueba de buena salud de la democracia es la movilización pacífica de los estudiantes aunque no tengan razón, como en este caso en que también fracasó la metodología utilizada para ambientar una reforma indispensable.

Que los estudiantes salgan a las calles a decir cosas inteligentes es, en sí mismo, una muy buena señal. Si dicen verdades que de otra manera no se puede, mejor. Muchas de las transformaciones en regímenes dictatoriales han empezado al levantarse su voz. Recordemos apenas su importante papel en la superación de la dictadura militar en nuestro país o la movilización que culminó con la séptima papeleta y la nueva Constitución.

Pero la trinada denuncia contra la privatización de la educación, luego de retirado el criterio de instituciones con ánimo de lucro del proyecto de Ley gubernamental, es lo contrario de lo que las cifras demuestran no solo en la formación universitaria sino en la básica en los últimos 15 años. En la primera, cerca del 50% de los cupos son ofrecidos por instituciones públicas mientras que en formación básica la cifra supera el 83%.Algún reconocimiento deben merecer los avances en cobertura que muestran como pasó de 2002 a 2010 de 24% a 36%, un 50% de incremento sobre la cifra inicial. Mejor dicho, al quedar el 64% de la población en condiciones de estudiar, por fuera del sistema, el problema más grave se refiere a los que no pueden acceder o se tienen que retirar y no a los que ahora protestan. Por cada estudiante hay dos que no tienen la oportunidad de serlo. Eso no es justo.

Uno de los objetivos  prioritarios del sector educativo en los próximos años es incorporar ese 64% en una situación de escasez de recursos, como  es la del sector público en todas partes. Después, se vale la discusión sobre el origen de los recursos, la calidad y la pertinencia en un mundo que cambió radicalmente en las últimas décadas y frente al que nuestro sistema educativo parece rígido e imperturbable. No se trata de defender los privilegios de nadie si no de ampliar las oportunidades para todos.

Aparte de la solidaridad  con quienes no pueden acceder al sistema, se esperaría de un movimiento estudiantil contemporáneo otro tipo de preocupaciones, entre ellas la de un empleo digno para los jóvenes egresados, una ley de primer empleo, como la propuesta por el Liberalismo colombiano, pero con dientes y recursos, por ejemplo. Cómo es imposible que el estado contrate o subsidie a todos los profesionales egresados, se necesita del sector privado, también en la reformulación de  perfiles profesionales y currículos. De nada sirve ampliar las coberturas si los egresados no pueden trabajar. El futuro de los estudiantes de hoy está relacionado no con un discurso si no con el mundo real, el rumbo del país, la economía y el empleo. De lo contrario, la universidad se convierte en una fábrica de frustraciones e indignación. La competitividad, en este caso, tampoco se puede obviar.

Conviene recordar, por si acaso, que los recursos públicos provienen de la parte de impuestos de la riqueza   generada en  la sociedad. No caen del cielo y no se puede condenar a nadie por buscar su maximización, cosa que tratan de hacer los Ministerios. Buscar la eficiencia  en su utilización es parte de su trabajo. ¿Es tan malo encontrar la manera de que alcancen para educar a   la población estudiantil que se queda por fuera del sistema?

Pero a la señora ministra habría que decirle  que, aunque el gobierno es para gobernar, los consensos deben buscarse y lograrse antes y no después. Uno no puede decir que la estrategia para buscarlos y comunicarlos fue adecuada con 50000 estudiantes en las calles,  multiplicados por la función de los medios, ni siquiera por que sus supuestos estén equivocados.

¿No habría ido mejor la cosa con una campaña previa de solidaridad  estudiantil con quienes no pueden estudiar, complementando los formales  28 foros convocados por el ministerio?

Posdata: En estos tiempos de Internet, prensa, radio televisión y redes, los estudiantes podrían hacer una cruzada contra el aerosol, por obsoleto y contaminante. Además, ahorran. Por otra parte, se pueden dar sus consignas por conocidas: Son las mismas desde hace 40 años, los mismos en que el mundo se transformó.

 

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