Por: Armando Montenegro

La pugna regional

SIN QUERERLO, LA UNIDAD NACIOnal desencadenó, de pronto, la lucha entre las regiones de Colombia.

En los ocho años pasados el país se dividió, desde arriba, entre amigos y enemigos de la seguridad democrática. Esta polarización relegó a un segundo plano las históricas pugnas de las regiones para ganar participación en el presupuesto, la burocracia y otros aspectos de la vida nacional. Ante la presión de la guerra contra el terrorismo, el país aceptó que los altos cargos públicos se concentraran en personas de un solo departamento y toleró fuertes desequilibrios en la repartición regional de la inversión pública.

Con la unión nacional del presidente Santos, prácticamente todos los partidos están en el gobierno y, de hecho, no hay oposición (el Polo está debilitado por sus malos resultados electorales, su gestión en Bogotá y una inocultable división). Sin enemigos externos a la vista, los miembros de la amplísima coalición de gobierno pueden agarrarse entre sí, de frente y de manera legítima, por los puestos y la plata. Y no hay mejor justificación para la lucha que la defensa del amado y olvidado terruño.

El grupo costeño tomó la delantera con la iniciativa del llamado Fondo de Compensación Regional. Como el presidente Santos aceptó la propuesta, les abrió los ojos a las demás regiones del país, cuyos políticos no son, para nada, mancos.

El tema se exacerbó con el proyecto de ordenamiento territorial que contempla la creación de las regiones como entes territoriales. Los políticos tienen en mente crear parlamentos regionales (como en España) y nombrar una frondosa burocracia regional. Si la costa Caribe consigue su parlamento, será difícil que otras regiones no la emulen.

Pero todo lo anterior fue apenas el preámbulo. El tablero de los precarios equilibrios regionales se desordenó de manera dramática con el proyecto de regalías. Como la situación actual es insostenible, por su corrupción e ineficiencia, el Gobierno plantea la centralización, el ahorro y el manejo racional de esos recursos.

Pero lo más importante, a ojos de las regiones, es que el Gobierno proclama que el país va a gozar de multimillonarias sumas de dinero, fruto de una extraordinaria bonanza de petróleo y minería. Se anuncia que habrá grandes perdedores (frente a lo que ocurriría si no se hace nada) y que con el nuevo esquema se consolidarán regiones ganadoras. La conocida pregunta de cada senador y representante es: ¿cómo voy yo?

Buena parte de la capacidad política del Gobierno se deberá enfocar en moderar y arbitrar la puja entre las regiones, antes soslayada por los afanes de la guerra contra el terrorismo. Así como la prioridad de la Constitución de 1991 de blindar los gastos sociales fue una respuesta rezagada a los ajustes fiscales centrados en la salud y la educación de la década de los años ochenta, el país se prepara para ver cómo se dirimen los conflictos regionales que habían sido reprimidos en los años centralistas y marciales del presidente Uribe.

El mayor riesgo es el fiscal. Si las autoridades económicas no exhiben una gran firmeza, con el respaldo del propio Presidente de la República, será difícil que la precaria situación fiscal no empeore más. En lugar de la necesidad de ahorrar, un tema que entienden los economistas, los políticos han recibido el mensaje contundente de que hay mucha plata para repartir.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro

AMLO

Fútbol y nación

Capitales y devaluaciones

La selección Colombia

Ituango