Por: Ramiro Bejarano Guzmán

La punta del iceberg

NO CONVENCEN NI SE VEN CLAROS los esfuerzos del expresidente Álvaro Uribe Vélez por tratar de explicar sus reuniones con los Nule, en sus épocas de gobernante, cuando en sus narices la sede presidencial se convirtió en la "Casa de Nari".

Lamentablemente, tampoco la exministra consejera Claudia Jiménez —cuya competencia profesional es digna de ejecutar tareas mejores que la de oficiar como testigo tardío de su patrón— salió bien librada del forzado comunicado que expidió para tratar de justificar lo que su exjefe no pudo sustentar.

Confrontando los comunicados de Uribe y Jiménez sobre la reunión que tuvo lugar en abril de 2010, hay más discrepancias que coincidencias. Mientras Uribe recuerda haber dado cita apenas “a uno de los señores Nule”, Jiménez, por el contrario, sostiene que recibió a tres personas. A lo mejor son citas distintas, a juzgar por el dicho del propio Uribe, quien afirmó en su carta a Julio Sánchez Cristo, que “personalmente atendí tal vez una reunión…”.

Según Uribe, cuando recibió a ese miembro de la familia Nule, lo hizo para expresarle “las preocupaciones del Gobierno”; en cambio Claudia Jiménez afirma que en ese encuentro con tres miembros del Grupo Nule lo que hizo “fue escucharlos, recordarles que nuestro Gobierno siempre daba garantía de transparencia en los procedimientos ante las diferentes entidades…”. Hay una diferencia grande entre expresar preocupación gubernamental a oír los ruegos de unos tipos quebrados.

Y si esas contradicciones se predican de una sola reunión de Uribe con los Nule, en la que supuestamente sólo los saludó, me imagino lo que puede pasar con las otras 18 visitas que los Nule hicieron a la casa presidencial, de las que nada dijo Uribe, ni de los otros encuentros fuera de Palacio.

En lo que sí coinciden Uribe y Jiménez es en que ninguno de los dos dio traslado a las autoridades de los graves hechos que debieron conocer en esa malhadada reunión de abril de 2010, como era su deber. Obviamente, si los Nule, o uno de ellos, según ambas versiones, fueron a Palacio, debieron de informar de la situación por la que atravesaban, por lo que es de suponer que tan conspicuos funcionarios debieron de informar inmediatamente a todas las autoridades para que tomaran medidas. No se sabe que las denuncias e investigaciones contra los Nule se hayan producido por causa de querellas o noticias de Uribe ni de ninguno de sus subalternos.

Pero si los comunicados del expresidente y su ministra consejera dejaron grandes interrogantes, todavía más la carta que Uribe envió a Julio Sánchez Cristo, que él voluntaria y calculadamente hizo pública, a lo mejor sin advertir que en ella hay un detalle que no todos pasamos por alto. En efecto, en esa misiva al director de la W Radio, Uribe no tuvo inconveniente en confesar que “me informan de mi oficina que hay un derecho de petición del Dr. Félix de Bedout preguntando por presencia de los Nule en la Presidencia”.

Vaya insólito privilegio. Cuando un periodista pregunta por hechos del gobierno de Uribe, particularmente aquellos que podrían estar asociados a corrupción, alguien de la Casa de Nariño se siente obligado a advertirlo, para que él reaccione inclusive antes de que quien ha formulado la petición reciba respuesta. Sobre el porqué de esta preferencia he formulado una solicitud a la Presidencia, que pedí me fuera respondida con la misma velocidad con la que a Uribe le advierten que hay periodistas pidiendo informaciones de su interés, pero fracasé, porque allá sólo le corren al exmandatario. Por algo será.

Veremos qué revelan los Nule —claro, si la Fiscalía algún día se decide a apretarlos—, porque algo tienen que contar sobre las tantas veces que fueron a la sede presidencial, entre otras, a reunirse además con Alicia Arango o Bernardo Moreno. La corruptela apenas comienza a descubrirse.

Adenda. Si la reforma a la justicia se reduce a incrementar de 8 a 12 años los pe

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