Por: Julio César Londoño

La que peca por la paga

La representante Clara Rojas propone penalizar a los que paguen por servicios sexuales. Como la medida busca salvaguardar la dignidad de la mujer, podemos asumir que parte de dos presupuestos: que la prostitución es una actividad ejercida principalmente por mujeres, y que se trata de un oficio que las expone y las degrada. Tiene razón, pero olvida a la “contraparte”. Si aceptamos el primer supuesto, la mayoría de los clientes son hombres y también ellos resultan degradados; y subvalorados porque, si aceptamos en principio que el cliente y la meretriz pueden disfrutar por igual, ¿por qué es el hombre quien debe pagar?

El hecho de que existan muchos más burdeles para hombres que para mujeres indica que el valor del hombre, como mercancía sexual, es inferior al de la mujer.

Se puede entender la prostitución como una actividad que cosifica a la mujer; pero, si invertimos la mirada, también es el acto de hombres que mendigan un beso, una caricia. Así las cosas, la prostitución es una transacción que lastima la dignidad del cliente y de la profesional.

Olvida también Clara que hay prostitutas que gozan de su trabajo. Gozan como amateres y cobran como profesionales. Tienen lo mejor de los dos mundos. Ahí está, por ejemplo, Amarna Miller. Tiene 26 años, es flaca, pelirroja, bisexual, licenciada en Bellas Artes y empresaria y actriz de cine porno. Asegura que se divierte mucho en el trabajo y, a juzgar por sus videos, no miente.

También está el caso de la española Montserrat Neira, autora del best seller “Una mala mujer”. El libro tenía una fajilla con la célebre frase de Eleonor Roosevelt, “No permitas que nadie te humille sin tu permiso”. En la página 47 la autora confiesa que la primera vez que se corrió con un cliente sintió mucha vergüenza. “Y ahora con qué cara le cobro a este señor”, pensó. Montserrat es graduada en Ciencias Políticas (ahora se necesita diploma para todo) porque es una materia que siempre le interesó. “Y es un tema recurrente de los hombres. El tema. Desconfío de los hombres apolíticos. Son zonzos o vienen a hablar de su mamá. O las dos cosas”.

Claro, por cada Amarna hay 1.000 actrices que la pasan mal. Y millones de prostitutas a las que nunca ha mirado una cámara. Y millones que son maltratadas por los clientes, la sociedad o la Policía. Quizá no haya un negocio más infame que la trata de blancas.

Estos horrores existen y piden a gritos una legislación humana, leyes de protección social, penas severas contra los abusadores, campañas de respeto y tolerancia, no prohibiciones lunáticas, cantos a la bandera de la doble moral. Si hubiéramos persistido en el empeño de estigmatizarlos, habrían desaparecido el teatro y el modelaje. Si nos ponemos a vetar las profesiones donde se presentan abusos patronales, o que atentan contra la dignidad humana, podemos terminar desempleados todos.

Además de la respetable antigüedad del oficio y de su poderoso sustrato, la magnífica lascivia de hombres y mujeres, el hecho innegable de que somos animales en perpetuo celo, además de las necesidades económicas de ellas y de la soledad de ellos, la prostitución tiene a su favor un elemento erótico poderoso: permite que dos extraños se metan en una cama en cuestión de minutos.

Es quizás esta fuerza la que aterra a la sociedad. Quizás es por esto que sobre la prostitución siempre ha pesado un tabú severo. Solo están prohibidos, es una vieja ley, los actos que resultan muy tentadores. O para decirlo con palabras de Wilde, “Puedo resistirlo todo, excepto la tentación”.

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