Por: Andrés Hoyos

La rabia al poder

LOS BELICOSOS MILITANTES DEL Tea Party se pasean a lo largo y ancho de Estados Unidos.

¿Quiénes son? Si descontamos tal cual plutócrata que despotrica de oficio contra el Estado, el grueso del movimiento, porque no es un partido, lo conforman hombres blancos de clase media y media alta, casados y religiosos. Otro rasgo común los distingue: tienen rabia.

Lo primero que les da rabia es que la economía del país ande mal y que el desempleo sea el más alto en generaciones (ojo, Colombia, que apenas bordea el 10%). Poco importa que la crisis de septiembre de 2008, la peor desde 1929, haya sido ocasionada por excesos de la economía de mercado que tanto idolatran. Para su ideología de cowboys del viejo Oeste, una crisis por el estilo de ésta no incumbe al odiado gobierno federal, ni conviene aliviarla con medicinas anticíclicas o mediante déficits públicos. Esas cosas hay que soportarlas a palo seco. Basta con que al que se quiebre lo entierren cristianamente y con que el que tenga que comer tierra, que coma tierra.

En los menos de dos años que lleva en la presidencia, Barack Obama ha insistido con terca ingenuidad en tratar de convencer a algunos republicanos moderados de que lleguen a un acuerdo bipartidista con él para los temas más importantes de la agenda. No entiende que el machismo de resentidos como los del Tea Party hace que todo contacto con su gobierno se convierta en una fuerte dosis de veneno electoral para cualquier republicano. ¿Alguien vio alguna vez un sheriff negro en las películas? Nunca. Así que no venga el musulmán camuflado, el falsificador de actas de nacimiento, el hijo del feroz mau-mau keniano y de la hippy revoltosa, a dárselas.

Desde lejos uno podría pensar que esta irracional película a lo John Wayne no le concierne. Al fin y al cabo el tiroteo es entre gringos y el perro gruñe mucho, aunque todavía no muerde. El odio de los cowboys sí promete tener consecuencias dramáticas en las elecciones intermedias de noviembre pero, dirán algunos, como yo no vivo allá, ¿de qué me preocupo? Pues bien, preocúpese, porque los líos internos de Estados Unidos tienen una peligrosa tendencia a desbordar las fronteras nacionales para afectar al mundo.

Piense que a Obama le vaya mal en esta dramática encrucijada de su vida política y que el Partido Republicano, infiltrado hasta el tuétano por los fanáticos del Tea Party, capture las mayorías de Senado y Cámara y logre paralizar su presidencia. De ser así, no es improbable que el 20 de enero de 2013 esté asumiendo el cargo más poderoso del mundo un fanático ungido por los iracundos de hoy, un cowboy cuyo nombre desconocemos.

Entonces llegaría la rabia al poder y el peligro hoy oculto se haría evidente. ¿Qué pasa cuando la rabia llega al poder? ¿Se calma un poco? ¿Hace locuras? ¿Muerde por fin el perro a cualquiera que se le atraviese por ahí? No presumo saber las respuestas. Sin embargo, el sentido común me dice que la rabia y el poder se llevan mal. Afuera de él, los rabiosos pueden tener algún efecto cauterizador sobre los gobernantes indolentes; adentro, un energúmeno es una calamidad, como pueden certificarlo los venezolanos que padecen de un mal análogo desde 1998. En Estados Unidos, además, el Presiente tiene ese montón de portaviones a su disposición, de modo que cualquier mordisco suyo arranca un pedazo colosal. Ah, y una vez elegido el energúmeno, la única solución es la paciencia.

 

[email protected] @andrewholes en Twitter

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