Por: Fernando Araújo Vélez

La rabia

Hoy tendré que confesar que jamás me he sentido en ese estado de gracia tan anhelado por varios, y que, en cambio, he pasado la vida en un pleno y multicolor estado de rabia.

La rabia de la injusticia, la rabia de la mentira, la rabia del olvido, la rabia de la deshonestidad; la rabia de la muerte y de la vida, de aquellos que han hecho de la vida un negocio y de la muerte también, y de esos otros que han estigmatizado esa rabia, pues la rabia nunca les ha convenido, y desde sus altares han difundido hambrientas felicidades y una paz que han traicionado y ensangrentado miles de veces con el falso discurso de que por la paz hay que sacrificar vidas y por la paz hay que hacer la guerra. Ha sido en la rabia y desde la rabia que he comprendido que esas vidas nunca fueron las suyas, y esas guerras se libraron siempre lejos, muy lejos de sus mullidas oficinas.

Ha sido en la rabia y desde la rabia que he comprendido que los surtidores de Verdad los han manejado ellos, según sus conveniencias, por supuesto. Iglesias, mandamientos, dioses, educación, periódicos, todos han transmitido sus verdades para mantener el mismo estado de cosas del que se han beneficiado, y nos han inculcado que seamos sumisos, trabajadores, que ahorremos y coleccionemos diplomas, que amemos y defendamos la patria, su patria, y a todo ello le han puesto un precio al que han llamado perfectamente impuestos, pues son eso, una imposición. Nosotras hemos pagado para defender su patria, para estudiar en sus colegios y universidades, para transitar sus tierras, para ver sus noticias, e incluso para que nos tiren encima sus leyes y códigos de policía. Ha sido en la rabia y desde la rabia que he entendido que el precio más alto que he pagado ha sido para ser sumiso.

Pagué para que me inocularan un catecismo de mansedumbre. Pagué para que me adoctrinaran sobre aquello de poner la otra mejilla y para callar cuando los profesores impartían sus verdades de sumisión. Pagué luego para ser manso ante la autoridad de hombres vestidos de verde que repartían palos si no tenía los documentos por los que también había tenido que pagar, y pagué y tuve que callar para cumplir con la ley y un servicio militar en el que nunca creí. Pagué y soporté a los escoltas de aquellos a quienes también pagaba y que eran los mismos que han decretado las guerras y las muertes una y otra vez, y fui pusilánime ante sus atropellos y sus órdenes. Pagué mil veces para escuchar sus mentiras y callé, aunque la rabia siguiera allí, a punto de emerger y de estallar, como emergió y estalló cuando fue más necesaria y cuando la voluntad la dirigió. Entonces fue cuando esa rabia a la que podemos llamar indignación, furia o enojo me salvó.

 

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