La radio viva

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Después del perro, el radio ha sido el mejor amigo del hombre y la mujer. Es posible que mientras usted lee esta columna, un radio esté sonando: en el apartamento de enfrente, la chica que se peina; el celador, en su garita; el jubilado, oyendo sus noticias; o en su propia cocina, una emisora alegrándole la vida. Este jueves 13 de febrero celebramos en el mundo el día internacional de esta amistad.

En Colombia sigue siendo el medio de comunicación más popular. Su importancia es enorme como potencial creador de identidad en una nación malograda y dispersa, como voz que nos regala un sentido de pertenencia en nuestras selvas y montañas abandonadas del Estado y como ventana a otros mundos, otros acentos, otras lenguas. La televisión, donde la hay, ha competido, pero no tiene casi medio millón de emisores, ni unos cuarenta millones de personas en su audiencia.

La existencia de la radio podría ser un aporte de verdadera democracia; no implica grandes gastos, por lo cual el acceso no está restringido a las élites de siempre. Podría ser en esencia pluralista, diversa, libertaria. Es ágil y versátil y por ese motivo es una herramienta social en las catástrofes. Pero como medio ideal de educación básica en cultura y en política, en Colombia no ha sido desarrollado en su enorme potencial; los estímulos a emisoras como la extinta Radio Sutatenza que le amplió la visión del universo a miles de campesinos, o el apoyo a las radios comunitarias que juegan un papel de cohesión del territorio, han estado ausentes de una voluntad verdadera del Estado. Si los gobiernos hubieran utilizado este medio para hacer país, y su presencia no fuera solamente “militar” con las emisoras de las fuerzas armadas y la policía, habríamos paliado, de algún modo, el doloroso analfabetismo y la ignorancia.

Porque las grandes emisoras comerciales, amarradas a las pautas de la publicidad, trabadas en la lucha encarnizadas por los ratings y monopolizadas en general por los dueños del poder establecido, no tienen vocación de edificar y han sido convertidas en manipuladoras de opinión.

Y sin embargo la presencia de la radio es fascinante. Tiene el encanto atávico de los cuentos de los ancianos en las noches oscuras, del cotilleo lejano de lo que sucede en los confines de la tierra, la música distinta de otros mares y otros pueblos, o del propio. Por ejemplo, en las zonas aisladas, la emisora local es aún el mensajero que cuenta quién se muere, qué fiestas se celebran, a qué horas serán la misa o el servicio en la vereda, o qué almacén de misceláneas en el pueblo tiene en rebaja zapatos para niño. Y como en el fondo todos seguimos siendo pueblerinos, en la ciudad y el campo, la radio sigue siendo la vecina que cuenta buenos chismes o el vecino que alegra las fiestas populares.

Para muchos coetáneos esa fascinación está ligada a nuestra infancia. Pertenecemos a la generación del transistor, la primera nanotecnología de la época. Cuando llegó el radio portátil, que aún no está obsoleto en otros siglos paralelos en los que vive este país, nos permitió explorar muchos rincones auditivos. Cabía en el bolsillo. Dentro de un radiecito “made in Japan”, al abrirle la tapa, el futuro ya se desplegaba ante los ojos en elegantes laberintos de circuitos impresos, transistores superheterodinos y minúsculos, cables multicolores y antenas de ferrita. Son amistades viejas, que pasado mañana tienen su día merecido en el calendario global de los paisanos de esta aldea.

 

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