Por: Juan Gabriel Vásquez

La rara orfandad

Hace cinco días murió, a sus 43 años, Félix Romeo, un escritor zaragozano cuyo nombre no les dirá mucho a los lectores colombianos, pero que en esta ciudad donde vivo y en toda España ha dejado un vacío del tamaño de un océano.

43 años: apenas ocho más de la edad que Dante llamó la mitad del camino, pero los que lo conocíamos, aunque fuera desde lejos, sabíamos que Félix Romeo apenas si estaba comenzando, y sabíamos al mismo tiempo (una de esas paradojas) que la vida le había alcanzado para mucho más que a la mayoría. Había publicado sólo tres libros de ficción —Dibujos animados, Discothèque y Amarillo—, pero ahora, cuando ya no va a seguir leyendo libros ni viendo pantallas ni recomendando lo visto o lo leído en cuanto medio de comunicación se le ponga a tiro, nos damos cuenta de que el inventario de todo lo que llegó a hacer (y leer, y ver) no está a nuestro alcance. Era un hombre de apetitos formidables. Siempre será un misterio que los aunara con criterios tan estrictos, que en su vida de lector resultara tan entusiasta como intransigente.

Hablar con él era pasar por la curiosa revelación, tras cinco o diez o quince minutos de charla desprevenida, de que este hombre parecía haberlo leído todo. La verdad era mucho mejor: no lo había leído todo, pero quería hacerlo. Lo que no había leído le generaba una curiosidad voraz y quemante que no daba tregua, y entonces eso que no había leído quedaba leído de inmediato y enseguida desmenuzado y comentado y comprendido con una inteligencia y una generosidad que no son comunes en el mundo literario: pocas veces he conocido gente tan vitalista y a la vez tan poco ingenua, tan abierta y bien dispuesta y a la vez tan afilada y escéptica. Con todo aquello mantuvo durante años un espacio de crítica literaria en El Heraldo de Aragón, dirigió en televisión un gran programa de libros, escribió columnas en Letras Libres (algunas de tono combativo y político, otras de aguda reflexión sobre la televisión de nuestros días) e incluso protagonizó un corto de Fernando Trueba. “El insumiso Félix Romeo sale de la cárcel de Torrero” se basa, como es evidente, en los meses que pasó el insumiso Félix Romeo en la cárcel de Torrero. El delito: negarse a prestar el servicio militar.

Amarillo, el último libro de Félix Romeo, exploraba y trataba de entender el suicidio de un amigo de juventud. Nacido en 1968, como él, Chusé Izuel tenía 24 años cuando se tiró de un balcón de la calle Borrell, en Barcelona. Félix Romeo vivía con él en esa época y su libro, publicado en 2008, es un intento por hacer el duelo con retraso, por poner punto final a una serie de viejos fantasmas. Hablando del libro en un programa de televisión —el video está por ahí, en Youtube, como todo lo que hacemos todos: nadie se libra—, Félix decía de esa muerte que lo había marcado: “Soy un huérfano, un huérfano raro”. Pues bien, es eso exactamente lo que sienten sus amigos ahora: esa rara orfandad. Sus amigos son huérfanos de su generosidad sin fondo y de su inteligencia y de su acerada bondad y de su contagiosa pasión por la literatura, por todos los cines y todos los cómics, por el arte y la televisión y —bueno, sí— por ellos, por los amigos.

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