Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

La realidad de la fantasía

Había en el último escrito de José Fernando Isaza, compañero de columnas en la edición de los jueves, un apunte que me llamó la atención. No fue la concesión del Premio Nobel de Física por el diseño del detector de las ondas gravitacionales (que no sorprendió a nadie) lo que me interpeló, sino la definición que ofrecía sobre la ciencia ficción.

Glosando los parámetros propuestos por Kip Thorne para la realización de las películas de ciencia ficción, sostiene que en la película no deben violarse las leyes de la física, aun si resulta lícito hacer especulaciones con leyes no comprendidas del todo (y en la física contemporánea hay muchas de esas leyes). En casos especiales –continúa– puede aceptarse que la película contradiga como máximo una ley de la naturaleza, de lo contrario “el filme se clasifica como fantasía y no como ciencia ficción”. Y fue precisamente esa aseveración la que me llamó la atención, porque para nosotros, los amantes de la literatura fantástica, la verdad es más o menos la contraria: cuando en un relato (sea literario o cinematográfico) se varía más de un aspecto del mundo real (trátese de una ley de la física o de otro cualquier aspecto del mundo conocido) caemos en los dominios de la ciencia ficción, mientras que cuando se varía sólo un elemento y todos los demás se dejan al albur de la imaginación y las ocurrencias del mundo nuestro, nunca desprovisto de absurdos y de exageradas hipérboles (caeteris paribus decían los latinos), cuando todo lo demás ocurre según la lógica, a veces burda, a veces siniestra, y en algunas ocasiones sublime y bella de este mundo permanecemos en los dominios de la literatura fantástica.

A ese mundo nuestro, a veces descarnado y doloroso, le debemos las mejores ficciones que en él han sido; las más bellas y evocadoras páginas de la literatura. A ese mundo nuestro al que se le varía un elemento, a esas imaginaciones sutiles e improbables (y a veces imposibles) les debemos las más bellas y evocadoras páginas (y casi todas suelen serlo) de la literatura fantástica. Como cuando, por ejemplo, un hombre descubre con desconcierto que ha arribado a un país en el que todos los habitantes son ciegos, según narró H. G. Wells. Puede el artificio también provenir de la ciencia, como en La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares.

Un escritor que tenía muy claro el recurso (el de la literatura fantástica, digo; que hasta donde sé no se interesó por la ciencia ficción) fue José Saramago. ¿Qué pasaría, se preguntó, si de repente todos nos quedáramos ciegos? Ensayo sobre la ceguera, respondió. ¿Qué pasaría si se desprendiera la península ibérica del continente europeo? La balsa de piedra, escribió. ¿Qué pasaría si, de repente, la muerte dejara de advenir? Las intermitencias de la muerte, aventuró. ¿Qué pasaría si ninguno, el día de las elecciones, se acercara a las urnas a votar? Ensayo sobre la lucidez, dicen que respondió.

Y todas estas variaciones —una a la vez— caían siempre dentro de los circunspectos dominios de la literatura fantástica, y no dentro de las febriles hipótesis de la física contemporánea y de la ciencia ficción. Parece ser que por una vez la mesurada realidad de la fantasía tiene mucho que enseñarle a las exageraciones desaforadas de la ciencia ficción.

@Los_atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

 

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