La realidad insolente

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Quizá de lo más exasperante de Iván Duque y su gobierno telerín es su desconexión con el país real sea por la estrategia taimada de quien juega monopolio o por estupidez, o por la funesta mezcla de las dos.

En el país concreto, mientras tanto, crece la violencia en todos los niveles: muertes de nuestros niños y mujeres, sumadas a un racismo acrecentado; la PAZ se desmorona mientras las disidencias por acuerdos incumplidos hacen guerra; la minería ilegal aumenta; la deforestación no nos da tregua; la inequidad se acentúa… vocea el hambre sus serenatas y pregones en las calles, reina el narcotráfico y el Estado de Derecho tambalea en este universo de realidades cotidianas empapadas de sangre, corrupciones y mentiras. Lo más doloroso y siniestro son desde luego las masacres. En lo que va del año, Colombia2020 de El Espectador ha documentado cuarenta y tres (43). Y el 21 de agosto completamos MIL (1.000) asesinatos sistemáticos de líderes y lideresas sociales defensores de derechos humanos y de causas ambientales desde la firma del Acuerdo. ¿Quién dio la orden y “quién soltó los lobos” para matar a estos seres humanos, hermanas compatriotas?

Pero en el telemundo paralelo del gobierno todo es color de rosa y nada pasa. Y eso más que indignación da una rabia infinita y una sensación de impotencia insostenible. La impresión de estar “gobernados” por perversos zombis o por cínicos hipócritas, sin la más mínima empatía por lo que sucede más allá de la pantalla de ese show de quinta, saca de casillas al más cuerdo. Que cantidad de palabras huecas por minuto, que ignorancia atrevida, que manejo gaseoso de los temas, que abuso inconstitucional y demoníaco de los símbolos sagrados, que hipnotismo barato sobre una masa alienada que consumiría cualquier cosa si se la venden en formato de publicidad con colorcitos.

La realidad, sin embargo, es insolente. Poco a poco también van burbujeando los fermentos de un cambio. Se perfila un acuerdo fundamental e inaplazable entre los que no pensamos como los tiranuelos mal camuflados de demócratas. La Comisión de la Verdad sigue con su trabajo infatigable; los defensores de la PAZ y de la JEP avanzando a contrapelo mantienen en alto la bandera de la concordia posible. La juventud pensante no ve la hora de hacer sentir sus voces como lo hicieron con éxito en las manifestaciones recientes pre-pandemia, y corrobora ahora las desigualdades de un sistema educativo que los excluye adrede. Los médicos y todo el personal dedicado a la salud pedagógicamente escarmientan en dolorosa carne propia la infamia de la privatización de ese servicio básico esencial; y a pesar de que a quien piense distinto le espera la amenaza de muerte, las comunidades de base y muchos municipios--aislados del hegemónico centro por la peste-- han fortalecido su sensación de pertenencia y afianzado con confianza su gobernanza local y regional.

Desde luego a la desenmascarada del ficticio telemundo se le suman otros montajes mediáticos del Marqués de Carabás aprisionado en sus latifundios más allá de Yolombó. El rictus en su cara cansada de fingir por tanto tiempo al fín contradice sus palabras; la energía de energúmeno ya no puede disimularse con gafas transparentes y corbata y su aliento se tiñe de manera evidente de un odio visceral que antes pasaba por firmeza de carácter y que ahora nos revela sus facetas enfermizas.

Ya sabemos cómo se comportan los medios en estas ocasiones. Hoy, no obstante, pocos colombianos comen cuento (a no ser que estén aprovechando los desórdenes para llenarse los bolsillos, usurpar las tierras o quedarse con las rutas).

Hay en todo caso, para fortuna de la Colombia planetaria, un asomo de aires nuevos que necesitarán un tiempo para tomar impulso y expresión completa y se verán acelerados por las bendiciones ocultas de una epidemia que nos enseña a mirar más allá de la zona de confort y nos permitirá aclarar los básicos de cómo queremos vivir nuestra vida terrícola individual y ciudadana para desnudar la forma en la que nos masacran, manipulan, explotan y “gobiernan”.

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