Por: Tomas Eloy Martínez

La realidad no existe

CADA VEZ QUE REGRESO a Argentina, después de varios meses de ausencia, tengo la impresión de que la realidad está librando una batalla sin término con los sentidos.

Ya mi primer día en el país es una fuente de sorpresas, porque mientras el índice oficial de inflación señala que los precios aumentaron alrededor de un 4 por ciento en los últimos cuatro meses, advierto que el peso ha creado la ilusión de valer, otra vez, lo mismo que el dólar: lo que antes costaba uno, ahora cuesta tres.

De todos modos, los precios se mueven al ritmo de una brújula enloquecida, y ya nada de lo que fue ayer sigue hoy en su lugar, y nada será lo mismo mañana. Los mercados y la calle deparan todos los días lecciones involuntarias de filosofía.

Los funcionarios del gobierno afirman que los números son un laberinto inalcanzable para las inteligencias comunes, y quizá tienen razón: los números son abstracciones y, por lo tanto, sólo existen dentro de la mente.

Hace 40 años se vivió en el semanario Primera Plana una historia que puede ayudar a entender ese enigma. El editor de la revista, Victorio Dalle Nogare, advirtió cierto día un drenaje severo en las ganancias.

Sus cálculos indicaban cifras muy superiores a las que se asentaban en los libros de contabilidad. Las computadoras eran entonces inimaginables y los datos se confiaban a las falibles máquinas de sumar. Dalle Nogare quiso asegurarse de que sus percepciones no lo engañaban y llamó al contador.

“Observe acá”, le dijo. “Por este aviso hemos recibido 100.000 pesos y en los libros está escrito 100”.

“Lo que está escrito es lo que es”, porfiaba el contador.

“¿Cree que soy tonto, que estoy soñando?”, insistió Dalle Nogare.

“No digo eso, señor. Sólo repito que lo que está, es”.

 El editor perdió la paciencia. Alzó un puñado de recibos y dijo, conteniendo la indignación: “No discuta. Vea la realidad. La tengo aquí, en mis manos”.

 Sin perder la calma, el contador respondió: “La realidad no existe”.

Por esos mismos días, los escritores argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares postularon en una de las mejores crónicas de “H. Bustos Domecq” que la realidad es innecesaria. Se puede imaginar una realidad paralela o contigua a la que todos conocemos y, si alguna autoridad la canoniza, no faltará la gente que la dé por verdadera.

En el relato de Borges y Bioy desaparecían los estadios y los jugadores de fútbol, pero los partidos se jugaban como siempre y los fanáticos los seguían con la misma pasión. Los goles, los tiros de esquina, las expulsiones, los penales, todo se creaba en los despachos de los clubes. La realidad no existía fuera de las transmisiones de radio (entonces sólo había radios) y de las redacciones deportivas de los diarios.

En este principio de milenio, la Argentina sigue siendo fiel a ciertas negaciones del siglo anterior. Los contratos de alquiler están renovándose en Buenos Aires a valores que duplican los de los contratos vencidos, aunque el índice oficial de precios asegura que el aumento es de sólo 4 por ciento.

Y si se compara lo que se pagaba en diciembre de 2007 en los supermercados con lo que se paga ahora, aparecen oscilaciones inesperadas —algunas en los antípodas de lo que informan las fuentes oficiales— en los precios de la papa, de los huevos, de los fideos secos, del pan, de las legumbres. En Tucumán, mi provincia, se está pagando ahora por la carne vacuna 20 por ciento más que hace dos semanas.

Más de una vez describí a pasmados amigos de otras latitudes que los obreros argentinos de la construcción almuerzan tiras de asado en parrillas que se improvisan al aire libre. Tendré que corregir esa historia, porque el precio de la carne está corriendo una maratón que nadie sabe cómo termina y la escena del almuerzo de los albañiles pronto será territorio de la ficción.

Al fútbol es ya mejor imaginarlo que verlo en los estadios. Las entradas generales para los partidos de primera división han subido de 14 a 24 pesos: un precio altísimo para afrontar las lluvias salivales de las tribunas altas, esquivar los proyectiles, caer aplastado por el fervor de las barras bravas, volver a buscar los pies (no los zapatos: los pies) que se perdieron a la salida de la cancha en las estampidas del público.

Lo peor es advertir que algunos consumos de primera necesidad cuestan en New Jersey menos que en los barrios privados de las ciudades argentinas, pese a que los salarios promedio son allá dos a tres veces mayores. Las señoras que limpian las casas reciben en New Jersey 10 veces más por hora que en Buenos Aires. Todos se quejan en Estados Unidos del precio de la nafta. En la Argentina, donde se gana mucho menos, la nafta vale casi lo mismo.

La inflación incesante que día tras día sale al encuentro de los que viven en Buenos Aires ya no desvela, sin embargo, a los habitantes. El secretario de Comercio, Guillermo Moreno, ha declarado que los aumentos son ilusorios y que nadie gasta lo que dicen los diarios.

Más alivio produjeron, días después, las declaraciones del vicepresidente, Julio Cobos, quien dijo que la inflación es sólo una sensación, algo semejante a la influencia del viento en el invierno y a la humedad en el verano.

Fui al mercado chino próximo a mi casa para verificar mi sensación térmica de la inflación argentina. Antes de pagar la inverosímil cuenta le mostré a la cajera los últimos índices de precios del secretario Moreno. La joven que está siempre allí, por lo común servicial y amable, me observó con asombro, como si yo regresara de otro planeta.

“Estos números no sirven”, me dijo.

“¿Cómo que no sirven? Son los números del gobierno: los números del señor Moreno”.

“Señor Moreno acá no existe”, dijo la cajera.

Y no sé por qué en su voz me pareció advertir un eco remoto de la voz del contador de Primera Plana, hace 40 años: “La realidad no existe”.

Juan Perón, fundador del partido de gobierno, creía que en la Argentina todo debe ser previsible y que la única verdad es la realidad.

Ahora la realidad se ha ido a otra parte, y quizá haya verdades que se van con ella.

La historia pasa, se transforma, mientras el peronismo se transforma pero no pasa.

*Novelista y periodista argentino, dirige el programa de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rutgers. c.2008 Tomás Eloy Martínez

Buscar columnista