Por: Columnista invitado

La rebeldía de Helena Araújo

Ser feminista hoy es, en parte, una cuestión que exige el tiempo que corre; ser feminista, como fue Helena Araújo en los años sesenta (y durante el resto de su vida) en Colombia, era una cuestión de rebeldía, rebeldía real y tangible.

No era sólo decirlo sino sostenerlo: una feminista debía defender su lealtad a sí misma, en un espacio hostil y bastante conservador, con pruebas explícitas, y soportar las consecuencias. Y Araújo, que nació en 1934 en el seno de una familia liberal (su padre, diplomático por varios años, fue Alfonso Araújo), se sostuvo en su frente de guerra: se divorció y partió del país hacia Lausana, Suiza (donde falleció el 2 de febrero), en 1971. Esa decisión produjo una ruptura con su familia y la obligó a sostenerse por sí misma en el extranjero y con cuatro hijas a quienes debía educar. Una idea verdadera es, al mismo tiempo, la arqueología de un sacrificio.

Araújo, sin embargo, no dio un paso atrás: además de sus novelas y relatos breves, que tenían una fijación en su propia historia (mujeres educadas en conventos, forzadas a cuidar su virginidad y a mantener la cabeza baja y no exigir más que lo necesario), la escritora tuvo espacio en publicaciones culturales y se convirtió en una ensayista destacada (libros suyos en esta materia son Signos y mensajes y La Scherezada criolla). Fue también traductora y profesora en la Universidad Popular de Lausana y en la Universidad de San Diego, California.

Araújo quiso exigirle más a su tiempo; quiso ser más que aquella mujer que se casó a los 19 años por mera costumbre y cuya sociedad creía que pensar y producir pensamiento era, en el caso de su género, una herramienta de la herejía. “La escisión de Araújo estaba en ella, desde antes de su huida —escribió Vanessa Rosales en 2010 en Arcadia—. El malestar, el sin sentido, la lucha furiosa por desfogar sus deseos íntimos, las proporciones de su espíritu se materializan en el exilio, pero ya antes había una ausencia, una grieta”. Araújo hizo todo cuanto su época le pedía que no hiciera en nombre de la urbanidad: aceptar sus propios deseos íntimos, destruir la estúpida sentencia que aseguraba que las mujeres debían quedarse en casa, ser el centro del hogar, criar a los niños, lavar los platos y alisar con exactitud la línea del pantalón de su esposo. Araújo dijo no. Y es una fortuna.

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