Por: Gustavo Páez Escobar

La recta final de Uribe

No se equivoca Osuna en su caricatura de este domingo en El Espectador, titulada Opinión de sobra”, en la cual  pone en labios del presidente Uribe la siguiente frase que dirige a los aspirantes a sucederlo: “Repártanse ustedes el 17% que me sobra”. No podría entenderse esta frase como un acto de jactancia del mandatario, sino que interpreta lo que pensarían los colombianos en caso de consultarles su voto sobre el tema de la reelección.

Varios factores llevan a pensar que si Uribe decide aceptar esta opción que comienza a agitarse con ardor en la vida nacional, su éxito sería holgado. No ahora, sino a lo largo de sus dos mandatos, e incluso en momentos políticos muy difíciles para él, ha obtenido el mayor índice de respaldo popular que ningún otro gobernante  haya logrado en mucho tiempo atrás.

El país no olvida lo que hace seis años significaba la inseguridad en las carreteras, en las regiones apartadas y en los propios cascos urbanos. Bajo la constante amenaza del terrorismo, los colombianos no se atrevían a desplazarse de sus lugares de residencia, si no querían exponerse a los atentados y los secuestros, muchas veces con pérdida de la vía. Las ‘pescas milagrosas’, uno de los sistemas más horrendos de intimidación y explotación que ha sufrido la población civil, se volvieron corrientes durante muchos años, sin que las autoridades consiguieran    reprimirlas.  

Para citar un solo caso que conozco muy bien, la gente dejó de viajar por carretera desde Bogotá hasta las provincias boyacenses del Norte y de Gutiérrez, por físico miedo de ser asaltada en el camino o privada de la libertad por los guerrilleros. Varias de esas poblaciones fueron tomadas por la fuerza, bajo el imperio de la bala y de los cilindros cargados de explosivos.

Cerca de Soatá se dinamitó el puente Próspero Pinzón sobre el río Chicamocha, obra vital para el tránsito automotor y peatonal en aquella lejana geografía, con lo cual quedó incomunicada durante largos meses una extensa región habitada por sufridos ciudadanos que no encontraban respuesta a su desamparo. Hasta que en el gobierno de Uribe se reconstruyó el puente, se instaló un batallón de alta montaña en el nevado de El Cocuy, se exterminó la guerrilla que durante años había sembrado el terror en pueblos y veredas, y se recuperó la tranquilidad hasta el día de hoy.

La lucha sin tregua contra las Farc deja evidentes avances. Desarticulada la acción guerrillera gracias a golpes contundentes de la Fuerza Pública, luego de cinco décadas de violencia desatada a lo largo y ancho del país, se avizora, si no el final de esa guerrilla, sí su deterioro cada vez más palpable. El país respira hoy aires de optimismo y sosiego que nunca antes se habían vivido frente a esta calamidad pública.

El ejercicio que en este campo ha hecho el presidente Uribe de una autoridad nítida, firme y valerosa, sin aceptar condiciones claudicantes que irían en menoscabo de la tranquilidad pública, es el que ha arrojado este triunfo manifiesto que se les fue de las manos a sus antecesores. La guerra no está ganada, pero falta poco para lograrlo.

Enemigos acérrimos de Uribe lo atacan argumentando nexos suyos –en el pasado e incluso en el presente– con el paramilitarismo, pero no han podido demostrar que esa versión sea cierta. En cambio, está a la luz pública que fue él quien le propinó un golpe fulminante a la parapolítica, casi hasta exterminarla. ¿Cómo se entenderían sus supuestas simpatías con los paramilitares si fue él quien extraditó a la cúpula de esa organización a Estados Unidos, cuando continuó delinquiendo desde la cárcel?

La vergüenza que sufre Colombia ante el mundo entero con un Congreso postrado en el mayor extremo de la corrupción (65 de sus miembros investigados y 30 en la cárcel), es un lastre que se ha generado a lo largo de los años gracias a la acción tolerante de los partidos y de los gobiernos. Destapada la olla, es preciso que venga la depuración moral mediante los correctivos que sea preciso ejecutar,  para que en el futuro las costumbres políticas conquisten el terreno perdido.   

En el gobierno actual, la economía ha tenido un saludable resurgimiento. Se restableció la confianza de los inversionistas extranjeros y se han visto programas de  envergadura que empujan nuestro progreso. Sin embargo, algunos signos preocupantes, como el de la inflación creciente y el deterioro de algunos renglones de la agricultura, representan un malestar y un reto para el gobierno. Además, la llamada ‘yidispolítica’ acarreará no poco malestar para el presidente Uribe, una vez que el caso produzca los efectos tempestuosos que se ven llegar.

Hoy la gran incógnita nacional tiene que ver con la segunda reelección de Uribe. Tema candente que no ha encontrado respuesta clara, entre otras cosas por el silencio que guarda el mandatario. Sus opositores, asumiendo que él buscará el nuevo período, esgrimen la teoría de que al prolongarse su mandato se fomentará el poder dictatorial, frenando el desarrollo de la democracia y frustrando la legítima aspiración de otras figuras que esperan el turno.

En la parte constructiva, difícil de aceptar por los críticos acerbos, está la conveniencia de alargar el mandato para que pueda culminarse el programa de liquidar a la guerrilla, o por lo menos atomizarla. Una interrupción en la política de seguridad democrática, que tan buenos resultados ha dado, sería funesta. Nadie mejor para llevarla hasta la recta final que su propio artífice, el presidente Uribe.

Si al pueblo se le presenta esta disyuntiva, a buen seguro que respaldará al líder con una alta votación, a sabiendas de que el índice que lo favorece supera, en forma sostenida durante hace buen tiempo, el ochenta por ciento. El pueblo es el que manda.

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