Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La recta final por Bogotá

Bogotá es una plaza electoral muy importante por tres razones sencillas.

Primero, por su peso económico y demográfico, que hace que todo lo que ocurra allí tenga significado nacional. Segundo, por su larga tradición de votación atípica; con alarmante regularidad, Bogotá ‘vota raro’, vota crítico, y ha premiado sin mayores reatos a los políticos innovadores, desde López Pumarejo y Gaitán, hasta Mockus, Peñalosa y el Polo, pasando por Galán (y creo que por Rojas). No siempre ni con todos le fue bien; pero eso nunca fue razón suficiente para enconcharse en la mezquina mentalidad de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. De hecho, a Gaitán lo sacaron de la Alcaldía en medio de estruendos y protestas... y siguieron votando por él. Y tercero, porque ese espíritu crítico apunta al futuro, y lo marca con rutinas y prácticas características, que después terminan adoptándose en otras partes.

Eso hace de la elección bogotana actual un punto focal. Varios de los candidatos que han quedado ya, para todo efecto práctico, fuera de la competencia, ganaron relieve como figuras destacadas por derecho propio. Por ejemplo, David Luna mostró una garra admirable, y se peleó palmo a palmo cada adhesión; no es casual que, aparentemente, vaya a cosechar una votación meritoria para su bandera. El Galán de Cambio Radical se batió con seriedad, y se arriesgó a ser al mismo tiempo director de su partido, cumpliendo allí una función de saneamiento significativa. Mención aparte merece Aurelio Suárez, quien supo poner la cara en medio de la debacle de su divisa, pero que parece que no va a superar el umbral histórico pre-Polo de la izquierda colombiana. Pero de esta aparatosa catástrofe, anunciada por todo el mundo, en todos los tonos, Suárez sale con una imagen de tranquila dignidad. No sé qué tan inteligente o hábil sea —algunas de sus declaraciones son excelentes, otras un poco descabelladas— pero no creo que se pueda decir que en esta ocasión al Polo le fue mal por falta de candidato.

Pero, pese a todas las destrezas y ganas desplegadas por estos políticos, solamente quedan tres candidatos con posibilidades reales de ganar: Petro, Peñalosa, y Parody. ¿Cómo pinta la disputa entre las tres P? Según lo anuncia este diario, Petro sigue avanzando, y además ganó —de acuerdo a las preferencias expresadas por los televidentes— con una ventaja sorprendentemente amplia el último debate (una diferencia de 49 a 20, algo que yo nunca había visto en esta clase de enfrentamientos). Es claro y articulado. Si tiene instintos de animal político, simplemente procurará no exponerse mucho en la semana que falta para llegar a la meta. Peñalosa sigue en la lid, con su capital de administrador competente, y ahora tiene a J.J. Rendón. Pero, por otra parte, tiene a Peñalosa. Cuando más falso y patético resulta es cuando trata de parecer chévere y entrador (a Petro, afortunadamente para él, nunca le ha dado por esas). Parody venía con una imagen fresca y valerosa, y su alianza con Mockus la subió al podio. Pero me temo que se sobreactuó. Se mandó con un discurso antipolítico trasnochadísimo, y se dedicó a repetir como un sonámbulo las estrategias pedagógicas de Mockus. Pero éstas, que han tenido un enorme impacto nacional e internacional, sólo tienen sentido como herramienta de comunicación si se renuevan periódicamente. En esta elección, en cambio, la nueva pareja se dedicó a poner en escena un repertorio ya conocido.

Más que nunca, la jornada electoral que se avecina tendrá en Bogotá grandes implicaciones nacionales. Pues Uribe y su corte —que se vienen con todo el paquete: constituyente para garantizar reelección indefinida, castración del poder judicial e impunidad generalizada— darían dos de sus tres huevitos porque Peñalosa ganara. Peñalosa, a su vez, es el candidato del gran partido anticorrupción... Afortunadamente se me acabó el espacio, porque dejé de entender.

 

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