Por: Cartas de los lectores

La regulación de la venta de licor

Hace algunos días el columnista de El Espectador Nicolás Uribe cuestionaba la medida adoptaba por la alcaldesa (d) mayor de restringir la venta de licor después de las 11 de la noche en establecimientos que no estén dispuestos para ello.

 

Argumenta el columnista que es una iniciativa absurda y que restringe derechos, a la vez que es inoperante por la falta de capacidad de las autoridades. También señala que es una medida de falta de gobernabilidad porque proponen prohibiciones y limitaciones de la libertad.

Estos argumentos parecen muy extraños para un excongresista que tuvo entre sus mayores orgullos el ser ponente del proyecto de ley que sanciona a los portadores de la dosis mínima y que argumenta que tal sanción es necesaria, entre otras cosas, por razones de seguridad pública. No tuvo inconveniente el representante a la Cámara en cambiar la Constitución para convertir un tema de salud pública en un problema de seguridad nacional, pero sí considera “inútil, absurdo y una limitación de la libertad” controlar la venta de licor.

La explicación de esta aparente contradicción del columnista Uribe tal vez sea su diferenciación entre prohibición y penalización. Cuando era representante en su ponencia señalaba lo siguiente: “Es preocupante que en los medios y en la opinión pública se estigmatice al Gobierno y a los parlamentarios que apoyan esta iniciativa como ‘penalizadores’ de la dosis mínima. Es preocupante porque en realidad en ningún momento se está penalizando el consumo y porte de dosis mínima, si mucho y a lo sumo, se está prohibiendo el consumo y porte de estupefacientes. Una cosa es penalizar y otra cosa es prohibir”.

Podría decirse lo mismo de la medida de regulación de la venta de licor, que no estigmatiza a los sectores populares como lo asegura el columnista, ni está señalando de delito el consumo de licor, sino que busca regular una sustancia que, de acuerdo con las estadísticas de Bogotá, en el año 2010 estuvo presente en el 28% de los homicidios. No es extraño que la venta de licor se regule, de hecho, lo extraño es que no se haga, la mayoría de ciudades del mundo cuentan con licencias para la venta de licor que tienen, entre otras restricciones, que la personas estén calificadas para venderlo, para reconocer un cliente en riesgo y que tengan una póliza de responsabilidad civil en caso de que los clientes sufran algún accidente por haber consumido licor en ese establecimiento. En Colombia estamos muy lejos de esa regulación, pero al menos se puede regular quiénes y a qué horas venden el licor, ¿qué es lo extraño y absurdo de esto?

Blanca Inés Durán, alcaldesa de Chapinero. Bogotá.

 

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