Por: Jorge Iván Cuervo R.

La reinvención de la izquierda

UNO DE LOS EFECTOS COLATERALES de la liberación de Íngrid Betancourt y de los otros catorce secuestrados por parte del Ejército Nacional, es la pérdida de espacio político para la oposición, y especialmente para la llamada izquierda democrática.

Este éxito de la inteligencia militar, con engaño y todo, deja sin discurso a los sectores de oposición, especialmente a los más radicales, que han cuestionado la legitimidad y la eficacia de la política de seguridad democrática del gobierno del presidente Uribe, y le permite al gobierno recuperar el control de la agenda comunicativa en temas tan sensibles como el intercambio humanitario o la mediación internacional para terminar el conflicto. Con este golpe, queda claro que el Presidente tiene el respaldo suficiente para imponer sus condiciones en estos temas.

En este nuevo escenario de reconfiguración de lo político, el actor más desubicado es el Polo Democrático, que sigue sin entender lo que pasa y cree que es posible disputarle espacio a Uribe en los términos más ortodoxos de la acción política estalinista.

Hago parte de una generación que no tiene nada que agradecer a la existencia de las Farc y otras formas de expresión armada que sólo han dejado desolación, una derecha envalentonada y una democracia menos plural. El anhelo civilista, pluralista y de equidad de la Constitución de 1991 nada tiene que ver con la lucha armada y cuesta verlo representado en la visión de esa izquierda orgánica incrustada en el corazón del Polo y, por supuesto, mucho menos en el uribismo, que tiene un proyecto a contracorriente de la Constitución.

Esa izquierda tradicional no ha entendido el actual escenario político y los éxitos de Uribe le desconfiguran el disco duro, reseteado hace ya varios años. Si el Polo, o cualquier partido que quiera presentarse como alternativa, no entiende que la sociedad colombiana ha cambiado de manera radical —se derechizó irremediablemente—, y eso supone un replanteamiento y diversificación de la agenda y del lenguaje, no está en nada. La política de seguridad sigue siendo esencial en cualquier plataforma de gobierno en un país con tantos factores de violencia como Colombia, y los demás componentes de la política pública, tales como la política social, la cuestión agraria, la equidad, la justicia, necesariamente están atados a los avances en la primera. Uribe ha logrado vender ese discurso, teniendo éxitos visibles en lo primero y muy poco en lo demás.

El ejemplo es Bogotá. El Polo ha llegado y conservado el poder en la capital porque entendió que la agenda de equidad no se oponía a la de modernización y seguridad. Pero en lo nacional, sus cuadros principales siguen encerrados en sus dogmas, en disputas intestinas menores, incapaces de reaccionar ante al desafío que les plantea un proyecto político de derecha exitoso que goza de amplio respaldo popular y que llegó para quedarse.

Ante el declive irreversible de las Farc, la izquierda tiene que aumentar su capital político y transformarse en una opción nacional creíble. Pero muchas cosas deben cambiar en su lógica, empezando por replantearse si el mejor vocero en un escenario de polarización como el de hoy debe ser Carlos Gaviria, quien pasó de ser un buen jurista y lector de Stuart Mill a críptico vocero del Moir y del partido comunista.

jorgeivancuervo@etb.net.co

 

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