Por: Juan Gabriel Vásquez

La religión y Estados Unidos

EN 1999, UN AÑO ANTES DE LAS ELECciones que (no) ganó, George Bush habló con varios líderes evangelistas sobre su campaña para la Presidencia de Estados Unidos. “Sé que no será fácil para mí o para mi familia”, dijo, “pero Dios quiere que lo haga”.

Y Bush obedeció: si Dios quiere que uno sea presidente, uno obedece: no hay más remedio. Tras (no) ser elegido, Bush emprendió una transformación radical de su país cuyos alcances, me parece, no han sido medidos del todo. Entre las cosas que más preocupan a los ciudadanos, según las encuestas, están la guerra en Irak, la educación y la salud pública. Pero es posible que el verdadero reto para Obama o McCain no sea nada de eso, sino un elemento que es responsable directamente de los problemas en la salud pública, en la educación y en Irak: la religión.

Nunca, en la historia de Estados Unidos, la religión había tenido una presencia tan definitiva en la toma de decisiones de un gobierno. A los creyentes norteamericanos les gusta pensar que el país está fundado sobre principios religiosos (Dios aparece mencionado en muchas partes, desde los billetes hasta el juramento a la bandera), pero la verdad es que ni siquiera los presidentes más notoriamente evangélicos, de Lyndon Johnson a Ronald Reagan, se han permitido el diseño de políticas nacionales basándose en argumentos religiosos. La Casa Blanca de Bush, en cambio, es lo más parecido posible a una iglesia; y no me refiero a la institución de grupos de estudio de la Biblia (a los cuales, al parecer, asiste la mitad de la Casa Blanca), sino a la fe evangélica como manera de llevar un país. Llevar su salud, su educación y su guerra en Irak.

La salud: la administración Bush está obsesionada con el sexo, y esta obsesión se ha manifestado en 150 millones de dólares gastados anualmente (es un promedio) en políticas de abstinencia. Los programas financiados con este dinero sostienen, entre otras bellezas, que el VIH se contagia por medio del sudor y que el aborto causa cáncer. La educación: la administración Bush está obsesionada con el evolucionismo y Bush ha argumentado a favor de que también se enseñe el diseño inteligente en la clase de ciencias. Dios junto a Darwin, porque lo contrario, decir que lo uno es religión y lo otro es ciencia, va contra la libertad de creencias. Pero es que la administración Bush no es buena para separar las cosas: John Ashcroft, fiscal general, dijo una vez que la separación entre Iglesia y Estado era “un muro de opresión religiosa”.

Y finalmente: la guerra en Irak. Para la administración Bush está claro que esta guerra ha recibido siempre el apoyo de Dios. Durante los primeros meses de la guerra, al final de la primera presidencia de Bush, el general Jerry Boykin, uno de los encargados de encontrar a Osama Bin Laden, hizo una gira por varias iglesias pidiéndoles a los feligreses que se preguntaran por qué estaba Bush en la Casa Blanca. “La mayoría de los estadounidenses no votó por él. ¿Por qué está ahí? Hoy les digo que está en la Casa Blanca porque Dios lo puso ahí para momentos como éstos. Para que lidere, no sólo al país sino también al mundo, en momentos como éstos”. El reverendo Falwell, ese predicador fundamentalista de extrema derecha que murió hace poco más de un año, fue más claro: “Es la guerra del Bien contra el Mal”.

Qué curioso: las mismas palabras las usó John McCain en 2004. La guerra, dijo, “es una lucha entre el Bien y el Mal”. Y luego dijo: “El tema no es mucho más ambiguo”. Son las certezas envidiables que da la fe. Así da gusto gobernar.

 

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