Por: Sergio Otálora Montenegro

La rentable industria de los fantasmas

Elvis Presley es el fantasma más vendedor del planeta. Es una máquina de hacer billetes, sus canciones suenan a todas horas, su leyenda le da la vuelta al mundo una y otra vez, sin descanso, desde el 16 de agosto de 1977, fecha en la que se fue este hombre que convirtió el blues en una bomba de tiempo, mezcla de baile sensual, atrevido, con un ritmo pegajoso que enloqueció a la muchedumbre.

Treinta y dos años más tarde, en plena era digital, la historia se repite con Michael Jackson. Veinticuatro horas después de su fallecimiento, el video de “Thriller”, el álbum más vendido en la historia del pop, se había visto 37 millones de veces por internet y además ya estaba entre los diez primeros en ventas en iTunes.  Y en cuestión de dos días, los canales más importantes de Estados Unidos, tenían ya extensos documentales e informes actualizados sobre la vida, obra y milagros de este artista que sin duda marcó un hito en la cultura popular del siglo veinte.

Desde el 25 de junio, a las 2:25 de la tarde, hora en la que declararon de manera oficial la muerte de Jackson, los noticieros muelen, sin descanso, informes sobre su familia, sus hijos, las posibles causas de su deceso, su deterioro físico y psicológico en razón de su adicción a poderosos analgésicos. Su música ha vuelto a sonar en todas partes, sus videos aparecen una y otra vez, Larry King, en CNN, ha estado en una extenuante maratón de entrevistas a diversos personajes que rodearon la vida de un hombre solitario, atormentado por los escándalos legales, las demandas por abuso sexual contra menores de edad, y tal vez lo peor de todo para  un ser humano acostumbrado a las candilejas desde los cinco años de edad: el olvido.

Sus canciones ya no sonaban con frecuencia en la radio, su último disco, Invincible, de 2001, tuvo una acogida bastante modesta en comparación con sus anteriores éxitos. Sin embargo, ya estaban agotadas las boletas para los cincuenta conciertos que iba a dar en Londres. El 13 de julio  sería el regreso (¿triunfal?) de una estrella que no parecía tener ya el brillo de otros tiempos, sitiada por la quiebra económica y la aparente apatía del público juvenil seducido por la crudeza y el facilismo del hip-hop.

Meses antes de su muerte, Elvis se había convertido en una figura decadente que trataba de resucitar en los escenarios de Las Vegas. Tenía 42 años pero parecía mucho mayor, estaba gordo y  agobiado por sus propios fantasmas que adormecía con tranquilizantes. A pesar de la fama y el éxito  que él y Jackson experimentaron, sus últimos días debieron de ser muy duros ante la sensación de que se habían convertido en un remedo de sí mismos, en seres irrelevantes, sin futuro, que estaban viviendo de glorias pasadas.

En la mansión del rey del rock and roll –Graceland-reposan sus restos. Es un sitio de “peregrinación” y de recreación permanente de la leyenda. Ahora, parece que Neverland, la finca de Michael, será el lugar donde lo enterrarán.  Su tumba estará en un parque de diversiones que él mismo se inventó para perpetuar su niñez robada por el espectáculo y los negocios.

Todos estos días han sido un laboratorio para ver, de cerca, en tiempo real, cómo se construye un mito. Mezcla de tragedia, misterio y exaltación, la industria del entretenimiento va tejiendo, puntada a puntada,  la compleja red de la inmortalidad. Los grandes mercaderes de la música que han visto, en estos últimos años, caer en picada su negocio, respiran con algo de tranquilidad: ya hay un nuevo espectro del cual lucrarse, con seguridad generará fabulosas ganancias; habrá nuevas ediciones de la música de Jackson, seguirán los homenajes, las declaraciones altisonantes y los testimonios de sus amigos, viejos y nuevos (estos muertos famosos hacen amistades incluso desde el más allá). “Comercializarán” los últimos ensayos del “ícono”, habrá preguntas sin responder, secretos. Revelaciones.

En fin, toda la materia prima con la que se alimenta  este inmenso negocio de las estrellas muertas. Pero queda un filón que puede dar aún más dividendos: que el enredo de Jackson se convierta en investigación criminal. Entonces, habrá espectáculo para rato. Una mina de oro. Patético.

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