Por: Daniel Pacheco

La república de Duque

Por primera vez desde que alguien tiene memoria política, el pasado 20 de julio el presidente instaló un Congreso presidido en sus dos cámaras por congresistas que no son parte de su coalición. En el Senado hay un liberal, Lidio García, y en la Cámara está Carlos Cuenca, de Cambio Radical, los dos de partidos que se han declarado independientes del Gobierno.

Es un detalle más en la terca y mal comentada revolución política que el gobierno de Iván Duque le ha propuesto al país desde hace 11 meses. Una revolución, porque cambia de tajo y de manera radical las reglas formales e informales en la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo que funcionaban desde hace décadas. Una revolución silenciosa, que en dos ocasiones ha sido opacada por las piruetas ligeras de Ernesto Macías, a quien la historia seguramente no recordará ni en placas. Una revolución de la que aún no se decanta si es una ingenuidad, una genialidad incomprendida o una reinvención pasajera de lo que ya está inventado y es inmodificable en la política colombiana.

El arreglo político de Duque tiene dos pilares. Por un lado, acaba con el intercambio individual entre el Gobierno y los congresistas de presupuesto por votos en el Congreso. Esta figura, que funciona de manera más o menos aceptada desde hace décadas, usada por todos los antecesores de Duque, se había racionalizado a pesar de la enorme corrupción que generaba. En el año 2000 así justificaba Rudolf Hommes la necesidad de la figura entonces conocida como el auxilio parlamentario: “Con todos los defectos que tiene y las dudas éticas que suscita, esta práctica es la manera menos costosa de obtener una aprobación del Congreso y de sacar un presupuesto razonable, en ausencia de partidos políticos responsables que manejen el proceso presupuestal con el objetivo de maximizar el bienestar general. Es menos costoso repartir unos auxilios que dejarle al Congreso meterle la mano a todo el presupuesto”. De ahí al “roben pero dejen hacer” no hay mucho.

Por otro lado, Duque se reinventó la idea de gobernar con una coalición. Esta sí que es una originalidad en la que ha sido terco. Duque prefirió gobernar solo, con un gabinete en el que incluso su propio partido es minoría. Aquí no hablamos de transacciones soterradas de presupuesto a congresistas, sino de acuerdos de gobierno con otros partidos, que garantizaban apoyo en el Congreso a cambio de responsabilidades de gobierno, a cambio de Ministerios. Algo que, como nos han dicho nuestros poco originales comentadores políticos, “se hace en todos los países del mundo”. Claro que no en todos los países llegan políticos a ocupar esos puestos en el Ejecutivo con criterios vagos de gobierno más allá del clientelismo partidista.

En esta república de Duque hay entonces una idea de independencia real de poderes, una concepción que busca ser profunda sobre la manera de repartir la representación. Un Congreso sin puestos, ni presupuesto del Ejecutivo y un gobierno sin coalición en el Legislativo. Una república de Duque que no ha podido vencer al mito del títere, aún con un Uribe que parece estar entrando en su ocaso político. Una república sin reconocimiento de la gente, que entendiblemente se confunde con revoluciones políticas de un presidente conservador. Una apuesta que no ha pagado, pero tampoco ha perdido. Una propuesta política ambiciosa, que sin embargo no ha superado el riesgo de terminar en república naranjera.

@danielpacheco

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2019-07-23T00:00:33-05:00

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2019-07-23T00:15:02-05:00

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