Por: Elisabeth Ungar Bleier

La resistencia al cambio o el “déjà vu” de la política

Después de varias semanas fuera del país, con poco acceso a internet y por ende a noticias sobre Colombia, trato de encontrar un tema para esta columna. Comienzo por revisar los periódicos acumulados y me parece estar frente a un déjà vu.  A algo que ya vimos. Y a la confirmación de que efectivamente la política en Colombia es, como suelen calificarla algunos, “dinámica”, no por su capacidad de transformarse, sino por la habilidad de muchos políticos de moverse como camaleones entre partidos, e incluso por fuera de ellos según las conveniencias del momento.

Por ejemplo, candidatos que hace apenas unos meses, e incluso semanas, ocupaban  puestos importantes en el Gobierno,  que tenían o aún tienen cuotas burocráticas, que recibieron y manejaron partidas presupuestales o tuvieron incidencia en la adjudicación de contratos que les sirvieron para devolverle favores a quienes financiaron sus campañas, que ocuparon esos cargos precisamente por ser miembros de la coalición de gobierno, pero sobre todo que apoyaron las políticas gubernamentales, hoy las atacan y se presentan como independientes. 

Otro ejemplo es lo que está pasando con varios proyectos que están haciendo curso en el Congreso. Por ejemplo, con la reforma política y electoral. Como ha sucedido en otras ocasiones, muy posiblemente esta se hundirá, o se aprobará un articulado que no atacará los problemas que se pretendían resolver. Esto no solamente significa incumplir el punto 2.3.4 del Acuerdo de Paz firmado entre el Gobierno y las Farc, que muchos de los que hoy la critican en su momento apoyaron. Sobre todo, demuestra una vez más que no hay voluntad para hacer las reformas que se necesitan para modernizar el sistema político y electoral; para profundizar la democracia de los partidos; para garantizar una más equitativa representación de los territorios en el Congreso; para cerrar las brechas que hoy permiten la reproducción de la corrupción política y el ingreso de dineros ilegales a las campañas electorales; para reconocer los derechos políticos de las mujeres y las minorías étnicas; para fortalecer a la organización electoral, hacerla más eficaz y eficiente,  garantizar su  independencia de los partidos políticos y de los poderes públicos; para agilizar la justicia electoral y combatir la impunidad que hoy la caracteriza. Todo esto seguramente quedará en veremos. Incluso, es muy probable que ni siquiera se aprueben reformas de fondo aplicables para las elecciones del 2019, y mucho menos para el 2022. 

La propuesta era una oportunidad para devolverle a los ciudadanos la confianza en el Congreso y en los partidos, la cual se encuentra en uno de los niveles más bajos de la historia. Y para que los congresistas demostraran que tienen la voluntad de anteponer el interés general y propósitos de largo plazo a sus intereses particulares y electorales inmediatos.  

Lo que estamos viendo es algo que ya hemos visto varias veces en el pasado. Quienes ocupan altos cargos en el Estado son reacios a reformarse. Incluso a costa de su prestigio y quizás de su propia supervivencia, si en las próximas elecciones los ciudadanos comienzan a reaccionar en contra de este estado de cosas.

* Miembro de La Paz Querida.

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