Por: Ignacio Zuleta

La resonancia simpática

Hace un mes, en el sosiego de Semana Santa, me dispuse a participar en la ceremonia de la Vigilia Pascual en un pueblo pequeño del Valle del Cauca. Iba con la ilusión de participar en esa liturgia antigua de talante chamánico en la que el celebrante bendice el fuego nuevo y sacraliza el agua. Todo iba bien hasta que, rompiendo las tinieblas con la luz de los cirios, entramos al recinto del añejo templo campesino y se encendió el micrófono. La estentórea voz del cura, que no habría requerido ni un parlante de los cuatro adosados en los muros, se enamoró del eco amplificado. Mientras fue solamente la palabra, no fue grave. Pero sacó guitarra y las cuatro monjitas casi impúberes que lo acompañaban prepararon la organeta eléctrica y sendos inalámbricos. De ahí para adelante todo fue penitencia y purgatorio. El Pregón Pascual se estrangulaba en el vatiaje de los cuatro altavoces, la guitarra sonaba de despecho, el volumen era literalmente doloroso para el tímpano y si había música no podía distinguirse entre el desafine lacerante y el estrépito. Sentí un alivio cuando se prepararon las monjas para el canto, pero duró segundos: de las tres cantantes bienintencionadas, ni una sola lograba dar la nota, el ritmo era viscoso y la armonía brillaba por su ausencia. Ya para el Aleluya mi oído escarmentado me obligó a retirarme de la nave a rumiar mis nostalgias en el atrio. Recordé una ceremonia en Notre Dame en la que la musicalidad de los coros y del órgano me habían hecho llorar un fervor tierno.

Es verdad que por crianza y por gustos musicales adquiridos tengo un eurocentrismo vergonzante. No obstante, no es el caso. Me han conmovido los cantos de los góspel, las ragas indias, los gazals musulmanes, los cantos tibetanos, las canciones devotas de las cantaoras, porque son música, con sus elementos esenciales: ritmo, melodía, armonía, poesía, matices… Pero en las nuevas liturgias de estas tierras ya no hay mucho de eso. En el afán de acomodarse a los folklores, en la poca inversión en músicos y en coros como los antiguos maestros de capilla y con la tonta idea de competir con el pastor protestante que organiza servicios bien amenizados con pop puertorriqueño, ya no distinguimos entre la excitación nerviosa y el arrobamiento, no discernimos entre la alegría banal y el júbilo sublime.

La música “es la mediadora entre la vida de los sentidos y la vida del espíritu”, decía Beethoven. Y más tarde Stravinsky lo refuerza al recordar que “el profundo significado de la música, y su meta esencial, es producir una comunión con el prójimo y con el Ser Supremo”. Y se espera de un templo que provea lo que no se consigue en la taberna: una experiencia que nos ponga en contacto con nuestras emociones más puras y elevadas. Seguramente las manifestaciones musicales del espíritu autóctono se irán refinando con el tiempo a medida que nos eduquemos en los básicos. En Colombia hay muchos festivales anuales importantes de música sagrada en Popayán, Villa de Leyva, San Gil, Pamplona y Marinilla. Pero juegan un papel primordial las jerarquías que deben apoyar esta parte fundamental de la liturgia con finanzas, pedagogía —como la Schola Cantorum de la Catedral Primada que solo en este siglo reanudó su oficio—, alianzas con los conservatorios, directivas claras y criterios que no pequen por burdo populismo. El alma echa de menos la resonancia simpática del templo.

 

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