Por: Columnista invitado

La retórica de la conspiración

Desde el tema de Edward Snowden, Nicolás Maduro no había hecho declaraciones acerca de Estados Unidos, probablemente por centrar su actividad política en solucionar los problemas surgidos en la transición pos-Chávez.

 Sin embargo, en el contexto del 68º período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, Maduro abandonó el aislamiento y anunció que no asistiría al evento acusando directamente a Estados Unidos de entorpecer su viaje y luego evocando la posibilidad de una conspiración en su contra en suelo estadounidense.

Con la expulsión de tres funcionarios de la Embajada de Estados Unidos, Maduro inaugura un nuevo capítulo en los enfrentamientos sostenidos entre Caracas y Washington. La salida de Kelly Keiderlling, David Moo y Elizabeth Hoffman se produjo por encuentros de éstos con representantes de la oposición, según la denuncia del oficialismo. Esta vez el enfrentamiento tiene un ingrediente adicional, que consiste en que se trata de acusaciones cada vez más serias contra Estados Unidos por labores de espionaje en América Latina.

El incidente proyecta a Nicolás Maduro en el escenario internacional, luego de una serie de declaraciones desafortunadas que hicieron que pocos lo tomaran en serio, e incluso se vaticinara, como desde el comienzo de la revolución chavista, el fin de la misma. A pesar de ello y de sus limitaciones protuberantes, Nicolás Maduro ha entrado en su terreno predilecto y con una coyuntura a favor. La expulsión recíproca de Washington de tres funcionarios de la Embajada venezolana significa una oportunidad para que Maduro, como voz del chavismo, apele a la retórica agresiva contra Estados Unidos en un tema en el que la mayoría de la comunidad internacional ha sido crítica de Washington por el intervencionismo indebido en algunos estados, especialmente en los latinoamericanos.

La historia con Venezuela en este aspecto es particular y Maduro lo sabe. Durante el golpe de abril de 2002 contra Chávez, sólo tres estados del hemisferio titubearon frente al hecho y decidieron abstenerse de condenarlo: Colombia, El Salvador y Estados Unidos. Washington, que decidió no reconocer a Pedro Carmona, aclaró que “las acciones de Chávez habían desencadenado la crisis”, justificando indirectamente el golpe. Error craso que le permitió al chavismo justificar una retórica de prevención, con una evidencia clara. Así pues y de forma ininterrumpida, el chavismo ha acusado a quien se va convirtiendo en su enemigo natural de conspirar para debilitar al régimen.

El escenario es una oportunidad para Maduro, porque de haber fracturas en el seno del chavismo éstas se disipan para hacerle frente a Estados Unidos, una estrategia simple pero efectiva como pocas. La coyuntura, además, le otorga la legitimidad de la que aparentemente carecía en el Partido Socialista Unido de Venezuela y con ello utiliza la política exterior para imponerse como el líder “de la revolución dentro de la revolución”, como se ha denominado a la transición. Una lección que le aprendió a su antecesor y mentor, Hugo Chávez Frías.

 

 

*Mauricio Jaramillo Jassir

 

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