La reversa también existe

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Hoy en Colombia cada diez minutos muere una persona por cuenta del COVID-19. La pandemia ha continuado su galopante ritmo de contagios y muertes; avanza sin tregua. Según predicciones sobre el futuro inmediato —nada complejas—, está claro que en el país cada dos semanas se duplica la cifra de contagiados oficiales y la de muertos también.

La situación en toda Colombia es difícil, pero el virus se ha ensañado particularmente contra algunas ciudades como Bogotá, Barranquilla, Cali y Cartagena. En esas ciudades, el sistema de salud —no fortalecido en forma suficiente— tiene preocupantes porcentajes de ocupación en camas UCI para COVID-19. Los alcaldes deben aprestarse para meterle un reversazo al denominado relajamiento de las restricciones. La realidad los está atropellando, y pronto, de no dar un reversazo, esta les pasará por encima.

La única decisión sensata, en estas ciudades, es retornar a las cuarentenas obligatorias para toda la población, sin excepciones diferentes a las estrictamente indispensables, que obviamente no pueden ser las 43 del tristemente célebre decreto de Duque.

No dar un reversazo ya es llevar a esas ciudades a dramáticas situaciones como las sufridas en otros lugares como España, EE. UU., Italia y Brasil, en los que la situación desató escenas tan dantescas como reales: camiones militares o de aseo recogiendo cadáveres para enterrarlos en fosas comunes.

Nadie discute que las medidas de cuarentena obligatoria para toda la población son indeseables, impopulares y angustiantes, y que, además, alteran la vida de las personas y el funcionamiento de la economía. Pero también nadie discute que hay que poner los pies sobre la tierra, entender la realidad, pronosticar el futuro inmediato y no pensar con el deseo —que, como dije, es sencillo de hacer—, para tomar la mejor decisión para salvar vidas.

Los recientes llamados de la OMS, ahora que el mundo alcanza más de diez millones de contagiados oficiales y más de 500.000 muertos, son angustiantes, pero son los que son. Para hacernos una idea, su director, Tedros Adhanom Ghebreyesus , dijo que en esta pandemia “lo peor está por llegar”.

Se ha procurado llamar a vivir en la “nueva normalidad” acompañada de responsabilidad, sentido común, lavado de manos, uso de tapabocas y aislamiento social. Sin embargo, la sociedad de hoy, en casi ninguna parte del mundo, ni en el desarrollado ni en el subdesarrollado, ha asimilado con seriedad esta nueva normalidad y, sobre todo, los nefastos efectos que se derivan del descuido social e individual. Gente aglutinada en playas, comercios, bares, sistemas de transporte, calles y, en fin, en todas partes, desafiando la realidad y retando al virus, es el pan de cada día, sin importar que el COVID-19 haya ya mandado mensajes claros y contundentes acompañados de ataúdes.

Los gobernantes deben entender que, en esta pandemia, cuando las cifras son “crónica de una muerte anunciada”, no hay más camino que meterles un reversazo a las medidas de relajamiento y regresar a las cuarentenas obligatorias totales, pues todos tenemos que entender también que esta pandemia “no está ni cerca de terminar”, como también lo dijo el director de la OMS.

El presidente Duque se ha tomado la licencia de equivocarse. Él está satisfecho con sus días sin IVA y ha vociferado la imposibilidad de volver a cuarentenas totales. Ustedes, señores alcaldes, entiendan que deben tomarse la licencia de acertar y, para ello, sepan que la reversa también existe.

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