La revolución de la comida (I)

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Cerca de mi casa, ocurren dos escenas con poca distancia geográfica entre ambas. Hasta la entrada de varios edificios llegan dos hombres a pedir comida: “Tengo hambre, cualquier libra de arroz, padre, madre, necesitamos su mano amiga”. A dos minutos de sus súplicas, hay una fila de personas que esperan entrar a una tienda que promueve la alimentación saludable. Entran a comprar proteínas, granos, cremas de maní y alimentos libres de tóxicos o conservantes; alimentación llena de poder y vida con precios posibles para unos cuantos. ¿Qué ocurre en nuestras ciudades para que haya distancias tan amplias entre la alimentación de unos y otros? ¿Quiénes logran escapar de la publicidad engañosa que promueve los “jugos” en cajita? ¿Quién se interesa por políticas públicas donde comer bien sea una democracia y no el privilegio de una minoría? En este tiempo de pandemia el hambre se hace más evidente y la buena nutrición, una necesidad.

Hipócrates lo dijo hace tiempo: “Que tu medicina sea tu alimento y el alimento, tu medicina”. Sobre este tema, el doctor Mark Hyman afirma que muchos de nuestros problemas sociales, ambientales, económicos y climáticos empiezan con la comida. Según él, el sobrepeso de 2.000 millonesde personas y el estado de prediabetes que toca a uno de cada dos estadounidenses “se curan en la granja, en las tiendas, en los restaurantes, en nuestras cocinas, colegios, trabajos y comunidades”.

De acuerdo con un informe de Juliana Combariza sobre consumo de frutas y verduras, citado por el Instituto Humboldt, en Colombia hay cerca de 400 especies de plantas nativas que se pueden comer. “Los habitantes del territorio nacional podrían comer un fruto o una semilla distinta al día sin repetir por más de un año. Sin embargo, la mayoría de los colombianos reciben pocas frutas y verduras, casi siempre son de la misma variedad y muchas provienen de otras partes del mundo”.

La herbalista y educadora gastronómica Elise Krohn afirma: está comprobado por varios investigadores que cuando las personas nativas acostumbran a comer los mismos elementos o similares a los cultivados por sus ancestros —esto no implica repetir las mismas recetas—, tienen menos riesgos de sufrir enfermedades crónicas. La sabiduría de la tierra y el cuerpo hacen lo suyo.

Asimismo y hasta el 2013, el consumo de frutas y verduras de los colombianos estaba muy por debajo de lo recomendado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO): 222 gramos frente a los 400 gramos que sugiere la organización. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Qué haremos para frenar las importaciones de alimentos producidos localmente y fortalecer a nuestros agricultores? En países como Brasil, movimientos como “Cities Without Hunger” cultivan huertas en vecindarios que nunca han tenido acceso a una alimentación fresca y saludable. También promueven el trabajo comunitario. La pandemia reveló aún más el mapa del hambre, la falta de apoyo gubernamental al sector gastronómico —cada semana cierra un restaurante— y la importancia de la comida desde su origen en el campo. Ahora nos queda a nosotros conciencia, creatividad, crear comunidad, exigir a nuestros líderes y dejar un elemento muy colombiano: la sumisión.

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