La revolución de la comida (II)

Noticias destacadas de Opinión

¿Alguien conoce el sabor de las uvas del páramo o el bilimbili? Desde hace más de un año y medio, Gian Paolo Dáguer recibe mensajes diarios de campesinos e interesados en la tierra que le escriben desde cualquier pueblo de Colombia. Muchos le envían imágenes de frutas con texturas y colores desconocidos que prácticamente no existen porque no han sido nombradas. Le preguntan por ellas, qué hacer. Este ingeniero ambiental cuenta que su interés por las frutas comenzó cuando era niño y las probaba junto al abuelo en sus visitas al campo. Su curiosidad por el tema lo llevó a crear junto a otras personas la organización Frutas de Colombia para estudiar y divulgar lo aprendido. Le llama la atención que un país con tanta biodiversidad como el nuestro no conozca bien sus plantas y árboles. Un regalo desconocido, la exuberancia de la tierra sin provecho.

Además de frutas, él y un grupo de personas que lo siguen recolectan semillas para evitar la desaparición de ciertas plantas. Y es que ante la falta de conocimiento sobre una especie, suele ocurrir algo común: al no conocer las frutas y semillas, un campesino recibe una oferta para convertir su territorio en monocultivo, situación que en muchos casos termina con la biodiversidad y trae riesgos para el ecosistema. “Si valoramos más nuestras frutas, en los pueblos se las ofrecerían a los turistas en lugar de bebidas artificiales, cocinarían con ellas, prepararían recetas, estarían en las loncheras de los niños, podrían ser exportadas o, en el caso menor o inmediato, la gente del mismo pueblo las aprovecharía como alimento”. Además de conocimiento (en el país faltan expertos) y logística, la ausencia de voluntad o explicación se ve en nuestras instituciones.

De acuerdo con cifras publicadas por la DIAN a comienzos de este año, en el 2019 los productos alimenticios (incluidos aquellos de origen animal) fueron los más importados en Colombia; las cifras aumentaron en un 11,4 % con relación al año anterior. ¿Podrá el Gobierno actual ejecutar sus planes (como la entrega de 14 toneladas de semillas “biofortificadas” anunciada el pasado 4 de agosto) sin apoyar un proceso de paz que dé tranquilidad y facilite el transporte de los productos hasta los pueblos grandes o ciudades? El paisaje parece guiado por esfuerzos dispersos.

En Medellín está Andrés Marcel, un comunicador social que desde hace cinco años y a través de Huertender enseña a niños y ayuda a las personas a tener huertas urbanas. Este momento lo lleva a reflexionar: “La pandemia nos puso a pensar en la seguridad alimentaria y en alternativas. Sabemos que nuestra alimentación y todo el sistema es frágil; por esta razón mucha gente quiere ahora vivir en el campo. Es probable que se le vuelva a dar valor y que la gente quiera asegurarse un lugar donde pueda sembrar y comer”. Menciona el trabajo que hace en algunos barrios de su ciudad la Red de Huerteros de Medellín; también habla de Carlos Osorio, un campesino que cambió sus cultivos de fungicidas y tóxicos por una finca en el Carmen de Viboral que ahora es despensa y ejemplo de respeto hacia la naturaleza. ¿De qué sirve la riqueza natural si aún no nos unimos para conocerla o aprovecharla con respeto e inteligencia?

Comparte en redes: