Por: Klaus Ziegler

La revolución que nunca ocurrió

La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn marcó un hito en la sociología del conocimiento.

Sus conclusiones fueron acogidas con deleite por quienes albergan una visión escéptica de las pretensiones científicas, y han servido de inspiración para el ala más radical del llamado “programa fuerte” en la sociología de la ciencia.

Kuhn describe la historia de la ciencia como un proceso cíclico, con fases de “ciencia normal”, en que los científicos establecen cuáles fenómenos son relevantes, y convienen en lo que constituyen explicaciones válidas. Estos períodos entran en crisis cuando se descubren inconsistencias, o simplemente cuando las teorías no pueden explicar los resultados de nuevos experimentos. Sobreviene entonces una revolución y cambia el “paradigma”. Aparece una forma totalmente nueva de pensar, la cual da inicio a otro período de ciencia normal dentro de un nuevo paradigma.

No es su análisis de la sociología del conocimiento científico lo que ha convertido a Kuhn en héroe dentro de los relativistas, sino sus afirmaciones más radicales. Según Kuhn, las revoluciones científicas no son simples revisiones de las teorías aceptadas. Son cambios profundos que hacen que las viejas nociones sean “inconmensurables” con las nuevas. Esto haría imposible traducir los conceptos de un paradigma a otro, o compararlos entre sí.

En un lúcido ensayo, “La revolución que nunca ocurrió”, el físico Steven Weinberg muestra cuán alejada de su experiencia personal resulta ser la idea de inconmensurabilidad de Kuhn. Y nadie podría tener una vivencia más directa de la manera como se gestaron las mayores revoluciones científicas de la segunda mitad del siglo XX que este premio Nobel, uno de los creadores del Modelo electrodébil, que unifica la interacción débil y el electromagnetismo.

Como muestra Weinberg, no es cierto que los científicos sean incapaces de saltar entre distintos paradigmas. Ni tampoco es verdad que después de una revolución científica les resulte imposible comprender la forma de pensar de sus predecesores. La mecánica newtoniana que hoy se enseña mediante la herramienta del cálculo infinitesimal es muy distinta de la desarrollada en los Principia, que solo utiliza la geometría de Euclides. Pero como comenta Weinberg en su ensayo, esto no fue ningún obstáculo para que el eminente cosmólogo Subrahmanyan Chandrasekhar pudiese llevar a cabo su empresa de explicar las intuiciones originales de Newton a científicos educados dentro de los cánones de la física moderna.

Y es falso que los intereses sociales o políticos determinen el éxito o fracaso de las teorías científicas --lo cual sí ocurre a menudo con las seudociencias--. Por lo general una teoría sustituye a otra cuando se ajusta con mayor precisión a los experimentos, da cuenta de fenómenos antes inexplicables, o proporciona un instrumento con más capacidad de predicción. No es que la física de Aristóteles haya simplemente pasado de moda. La teoría desapareció, como desparecieron el biomagnetismo y la teoría de los vórtices de Descartes, no por razones ideológicas, sino porque viola el principio de inercia. Una teoría que sostiene que el movimiento en el vacío es infinitamente rápido, o que predice una densidad para el aire cuarenta veces superior a la real, se desecha a pesar de la autoridad y enorme prestigio de su autor.

En un sentido trivial, la producción científica como casi cualquier otra actividad humana está sujeta a intereses económicos e ideológicos. Pero deducir de ahí, por ejemplo, que las ecuaciones de Maxwell o las leyes de la física nuclear son simples consensos sociales, tan arbitrarios  como cualquier ideología, y tan válidos como la astrología o el Feng-Shui, es tan tonto como negar la existencia de la transmisión inalámbrica o el poder destructivo de las armas atómicas. El mismo Kuhn se pronunció en varias ocasiones en contra de este tipo de relativismo radical, al cual se refería como “un proyecto absurdo de deconstrucción enloquecida”.

Tiene razón Kuhn en señalar que después de una revolución, la nueva teoría puede ser fundamentalmente distinta de su antecesora. Para dar un ejemplo, el modelo espacio-temporal de Minkowski y Einstein es radicalmente diferente del newtoniano, que supone un espacio-tiempo absoluto. Dentro del viejo paradigma, la invariancia de la velocidad de la luz no es un fenómeno explicable mientras que sí lo es dentro de la Relatividad Especial. Pero aunque estas teorías sean muy distintas, el modelo de Einstein no vuelve obsoleto a su predecesor, ya que ambos coinciden con increíble exactitud en su descripción de la realidad, a bajas velocidades y para objetos cuyas masas no sean demasiado grandes. De hecho, la teoría gravitatoria que se usó para predecir la existencia de Neptuno es la misma que utilizan hoy los ingenieros para enviar una sonda a Marte.

En lo personal, y desde una posición quizá sesgada, nunca he comprendido muy bien el prestigio desmedido del trabajo de Kuhn, que en sus aspectos menos extremos me parece que consiste en observaciones sensatas, aunque relativamente obvias, mientras que sus conclusiones más radicales me parecen engañosas, o simplemente equivocadas. Quizá tenga razón Weinberg en llamarlo “la revolución que nunca ocurrió”.

 

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