Por: Carlos Granés

La revolución turística

Recuerdo que en uno de los muchos trabajos alimenticios con los que sobreviví en Madrid como doctorando, el gran aliciente que nos ofrecían para mejorar nuestro rendimiento era la promesa de un viaje en crucero. Aquel símbolo de estatus, antaño reservado a los millonarios, se había convertido en la experiencia turística de las nuevas clases medias europeas. Se democratizaba el ocio. Los asalariados podían surcar ahora el Mediterráneo sin incurrir en gastos escandalosos. En cuestión de minutos, y sin gastarse un sólo euro extra, miles de nuevos turistas podían desembarcar y recorrer por unas horas los más pomposos puertos. Parecía un gran logro de las sociedades prósperas, y sí, lo era, pero nadie previó lo que ocurriría cuando todos los habitantes del mundo (a espera de los africanos) nos convirtiéramos en turistas.

Ése ha sido uno de los verdaderos cambios revolucionarios de los últimos 50 años. Se dio cuenta de ello el sociólogo Dean MacCannell cuando viajó a París en el 68 a ver las revueltas estudiantiles y se encontró con hordas de turistas. Los estoicos japoneses con cámaras al cuello empezaban a tener más poder para transformar la dinámica de las ciudades que los jóvenes revoltosos. Brotaban los hostales, los negocios se amoldaban al turista y los mercaderes del ocio hacían cualquier cosa por atrapar esos dólares que el recién estrenado trotamundos agitaba en su mano. Cuanto tuviera algún interés, real o inventado, se convertía en destino. Y así, poco a poco, hemos llegado a la situación actual, en la que ciertos cascos antiguos como el de Barcelona o el de Venecia se han vuelto insoportables para sus antiguos habitantes.

Como fuerza modernizadora el turismo ha sido sorprendentemente efectiva. Ya no hay lugares al margen de Occidente. Lo que no pudieron los evangelizadores lo han conseguido los turistas. Antropólogos que antes estudiaban las creaciones artísticas de culturas tradicionales ahora no pueden desligar sus análisis del fenómeno turístico. La razón es evidente. Aunque las culturas no occidentales siguen produciendo objetos con valor plástico, ninguno es para el consumo interno. El arte tradicional se ha convertido en un souvenir para foráneos.

Algo parecido puede decirse de la producción cultural occidental. El arte, la literatura, el cine y la música se empaquetan cada vez con más frecuencia en festivales, bienales o ferias que, sin perder importancia como eventos culturales, también son experiencias turísticas. El turista aventurero compra alguna talla en un mercado de Accra que un vendedor avezado le vende como si fuera una pieza auténtica, usada en rituales (pura estrategia para engatusar al buscador de autenticidad), y el turista millonario compra alguna pieza en Art Basel que un curador le vende como si fuera un gesto radical y transgresor, la última vanguardia (otra estrategia igualmente falaz).

Las ciudades, el arte, la historia, la naturaleza, todo se convierte en mercancía turística. Es algo inevitable y, sospecho, no del todo malo. Bien explotado, el turismo trae empleos, estabilidad y cosmopolitismo. Pero también es cierto que esta industria tiene algo artificial, como de puesta en escena, y no hay nada más enervante que sentirse parte de un atrezo en la propia ciudad. Más aún cuando el turista deja el decorado teñido con su orina.

 

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