La revolución verde de China

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El mundo estaba enfrentando el vertiginoso avance de la pandemia de COVID-19 cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) divulgó su “Evaluación Global de Recursos Forestales Mundiales”, para el periodo 2010-2020, con retrospectivas a 1990. La conclusión más importantes es que si bien el ritmo de deforestación mundial se ha reducido, la destrucción en zonas estratégicas de Suramérica (Brasil, Paraguay, Bolivia) y África (Congo, Angola, Tanzania) seguía a un ritmo preocupante, pues se trata de bosques tropicales en los que ocurrió el 90 % de la deforestación mundial en 30 años analizados; en ese lapso de tiempo, el mundo perdió 420 millones de hectáreas, es decir 4,2 millones de kilómetros cuadrados, la mitad del territorio de Brasil, una enormidad.

La expansión de la frontera agrícola, dice la FAO, representó el 73% de las causas eficientes de la tala de selvas; la ganadería intensiva hace un aporte grande a la destrucción de bosques, pero la sobrepoblación y la necesidad de incorporar tierras para agricultura de subsistencia son los principales factores en los países africanos. Es decir, la pobreza. Otros factores que inciden en la deforestación son la conversión de bosques en tierras urbanas y el desarrollo de la infraestructura. World Wildlife Fund y la OECD agregan en diferentes análisis como causas humanas de la destrucción de bosques la agroindustria de soya, la explotación de maderas, la minería, y los cultivos ilícitos; y entre las naturales, los incendios de bosques y praderas.

Asia es la región del mundo con mayor tasa de recuperación de superficie boscosa, encima de Europa, al doble para el periodo 2000-2010 y al triple en 2010-2020. China es el país asiático con mayor área y ritmo de recuperación de bosques. En un mundo en el que entre 2010 y 2020 se perdieron 50 millones de hectáreas de bosque, China recuperó 20 millones de hectáreas.

En ese mismo periodo, 1990-2020, China desarrolló su infraestructura, invirtió la relación entre población rural y urbana de 26/74 a 40/60 y derrotó la pobreza bajo cualquier cálculo. Según el Banco Mundial, China sacó al 70 % de su población de la pobreza hasta reducirla al 1 % para 2016; el gobierno chino anunció en enero de este año la erradicación de la pobreza en las últimas aldeas del suroeste del país. Fue el tiempo en que China desarrolló su infraestructura hasta ponerla a la vanguardia del mundo. Todo esto garantizando por otro lado la autosostenibilidad alimentaria sin que la provisión de la despensa del país esté atada a importaciones agrícolas.

El caso chino es único, resolvió todos los acertijos de la contradicción entre desarrollo y medio ambiente en un país con una enorme población. Nada de esto pasó de la noche a la mañana, el informe de la FAO da las mismas tendencias para el periodo de 30 años: entre 1990 y 2020 el mundo perdió 177 millones de hectáreas de bosques, pero China incrementó su área boscosa en 63 millones de hectáreas. Detrás del éxito en uno solo de los tantos indicadores ambientales, hay una estrategia sostenida y proyectada hacia el futuro.

Los resultados positivos en la recuperación de bosques que destacan organizaciones internacionales públicas y privadas requirió políticas decididas del gobierno que incluyeron programas como “Grain to Green” para reemplazar áreas de ladera cultivadas con cereales por áreas boscosas, junto con prohibiciones drásticas de talas y programas de sustitución de fuentes de energía en el medio rural donde el uso de carbón mineral o vegetal era prevalente. Obviamente, como todo en China en las últimas décadas, la tecnología jugó un papel preponderante en cartografía, registro de comportamiento de sumideros de carbono, detección y clasificación de biodiversidad, cálculos de biomasa y de madera en pie, para citar solo unos ejemplos.

La urbanización planeada de China incidió en reducir la presión sobre los bosques, bajó la demanda de madera para usos domésticos de los campesinos que pasaron a centros urbanos medianos y pequeños. Los modelos flexibles de acceso de la tierra, la cooperación para la producción agrícola y el mercadeo de productos agropecuarios permitió no solo que los campesinos incrementaran sus ingresos y elevaran su nivel de vida, sino que se logró mantener la autosuficiencia agrícola de China sin expandir la frontera de cultivos a costa de las áreas boscosas. En 2020 las cooperativas rurales de mercadeo y producción incrementaron sus ventas en 15%, moviendo un mercado interno de casi 820 mil millones de dólares.

Según la FAO, la protección y recuperación de los bosques está en el corazón de las metas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, definida por líderes mundiales en 2015. La meta 15 planteaba que para el 2020 debía detenerse la deforestación, es decir que el ritmo de tala no fuera superior al de recuperación por áreas plantadas o en regeneración natural y que la tendencia se revirtiera para lograr una ganancia del 3 % de superficie. Pero la FAO ya se dio por vencida en esa meta; el reporte dice lapidariamente que “dada la actual tendencia global de contracción del área bosoca neta es improblable que se alcance la meta de incrementar el área de cobertura boscosa mundial en un 3 % para el 2030”.

Gracias a China se dio una desaceleración del ritmo de destrucción de los bosques del mundo. Sin su aporte a la conservación, el fracaso de los objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible sería más grave. Colombia que tiene contradicciones similares, debe intensificar la cooperación con China para entender que el desarrollo y el medio ambiente pueden ser caminos paralelos e inclusive sobrepuestos, como se puede ver que será el desarrollo verde de China en los próximos años.

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