Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La ruta de la desinstitucionalización

AQUELLOS QUE LLEVAMOS TIEMPO diciendo que las ambiciones reeleccionistas conducirán a una desinstitucionalización de proporciones tuvimos la semana pasada el amargo placer de ver cómo los hechos confirmaban de manera contundente esa simple predicción.

Después de la muerte de Alas-Equipo Colombia —cuya causa eficiente es una reforma promovida por el Gobierno, que permitía el llamado transfuguismo—, viene ahora la cancelación de la consulta interna del Partido Conservador. En justicia, hay que reconocer que al menos este último acto es consistente: si la escogencia es entre el caudillo y su caricatura, siempre hay que desechar a la caricatura.

Estos no son los únicos partidos que se encuentran sometidos a una tensión extrema por cuenta de la lucha por la perpetuación de nuestro mandatario en el poder. Cambio Radical, por ejemplo, no ha podido administrar bien su doble condición de gobiernista y adversario de la reelección. Para nadie es un secreto que a Germán Vargas le han tratado de sonsacar a sus partidarios. Pero con la destapada de Uribe las cosas han tomado otro cariz. Es característico —y grave— que ya haya parlamentarios de Cambio denunciando que desde agencias gubernamentales se les prometen coimas para que voten contra la línea oficial de su partido. Como todas las malas películas, el romance de Yidis y Teodolindo promete tener su segunda, tercera y enésima parte.

Los impactos deletéreos de la propuesta de reelección sobre el sistema de partidos son sólo un ejemplo de algo mucho más general. Hay un elemento estructural en todo esto: para sacarla adelante es necesario debilitar críticamente los diseños y controles típicos de la democracia liberal. Hay otro aspecto contingente: a medida que en el equipo dirigente del uribismo duro van quedando sobre todo quemados, rezagados y adulones, la larga cadena de torpezas que va dejando la aventura reeleccionista se hace tan compleja que sólo se podrá desenredar a través de soluciones de facto (o de trampas cubiertas con una hoja de parra legalista). Verbigracia: se puede ver fácilmente que en todo caso la propuesta de referendo hubiera creado tensiones entre el Ejecutivo, por una parte, y la justicia, el Congreso y las autoridades electorales, por la otra. Pero si se añaden las pequeñas triquiñuelas de vivo bobo, la inaudita incapacidad de redactar bien el párrafo decisivo, las mil sospechas de indelicadeza (en conjunto, lo que podríamos llamar la luisgui-política), resulta el confusísimo escenario en el que en efecto nos encontramos.

Pues bien: es mejor que nos vayamos acostumbrando. Esto no es más que el comienzo. La desorganización del “país político” se acerca a niveles, y situaciones, aún inéditos. De nuevo viene bien aquí una ilustración. Supóngase que se aprueba el referendo, y se vota. En ese caso, uno de los escenarios más probables es que se repita lo que sucedió con la anterior consulta: Uribe obtiene amplias mayorías, pero no logra pasar el umbral. ¿Ante eso qué se hace? Será la situación ideal para una ruptura institucional con todas las de la ley. En el vacío creado, aparecerá la consabida nube de áulicos pidiendo la destrucción de las reglas en nombre del pueblo. Vamos corriendo hacia allá.

 

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