Por: Fernando Araújo Vélez

La ruta del olvido

Para no perderse tomaba todos los días el mismo bus, que la llevaba desde su casa en Cedritos, hasta La Candelaria por la carrera cuarta.

Luego bajaba a pie tres cuadras, siempre por el mismo andén y casi al mismo ritmo. Una mañana el bus se topó con una manifestación y el trancón fue interminable. Entonces el conductor les preguntó a los pasajeros a media lengua si les servía por abajo, y sin aguardar respuestas tomó otra ruta entre callecitas hacia el occidente de la Séptima. Ella no escuchó la pregunta, aunque tampoco habría servido de mucho que la hubiera oído. Se percató de que la ruta era otro por el olor de las calles. Olor a humo, olor a perro mojado, olor a marihuana, a muerte tal vez, a miedo, a no futuro, a infierno.

Quiso ver más allá de las fachadas de las casas, pero un incipiente mareo la fue nublando. Timbró. Se bajó en cualquier lugar. Buscó en su maletín de colegio un poco de agua. Luego ya no supo nada más, y fue imposible reconstruir lo que ocurrió las siete horas de sin vida que vivió a oscuras. La encontraron frente al Palacio de Liévano poco después de las tres de la tarde, en apariencia intacta. Tan intacta que incluso llevaba en su maletín la misma botella de agua de la mañana. Algunos testigos dijeron que la llevaron sobre una carreta de esas de reciclaje. Otros declararon que un hombre algo mayor, de barba y pelo blanco, la depositó allí, muy suavemente, porque era su padre y era él quien había dispuesto todo para que el bus cambiara su recorrido.

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