Por: Arlene B. Tickner

La salud da miedo

El gobierno Obama hizo historia al lograr la aprobación del plan de reforma a la salud en la Cámara de Representantes. Ya era hora.

Estados Unidos es el único país en el mundo desarrollado sin salud universal. Un 15% de su población legal carece de seguro de salud.  Entre 18.000 y 22.000 estadounidenses mueren al año por no tenerlo. Y el país ocupa el lugar 23 en el mundo en mortalidad infantil, 20 en esperanza de vida de hombres y mujeres, y 67 en inmunizaciones, después de Botswana. Según Michael Moore, el cineasta que visibilizó este drama con su documental  Sicko, la tasa de mortalidad infantil en Detroit es más alta que en El Salvador.

El plan propuesto tiene tantos defectos como bondades. Y aunque no resolverá el problema de la salud para todos los estadounidenses —para 2014 se espera cubrir a 31 de los 47 millones que no tienen seguro— ni para unos 11 millones de inmigrantes ilegales, su significado político es considerable.  Desde hace más de medio siglo la salud universal ha sido una meta controvertida y evasiva. Cuando el programa de Medicare (para mayores de 65 años) fue aprobado en 1965, Ronald Reagan afirmó que violaba el credo americano. Durante el gobierno de su esposo, Hillary Clinton fue acusada de socialista al proponer un sistema nacional universal. Sobre la reforma actual Newt Gingrich, ex vocero republicano de la Cámara, ha dicho que los demócratas corren el riesgo de destruirse de la misma forma que hizo Lyndon B. Johnson al promover la legislación sobre los derechos civiles y la pobreza. Por su parte, el sector de la salud contrató a 4.525 lobistas —8 veces más que el número de miembros de la Cámara— y gastó US$544 millones, tan sólo en 2009, para impedir la aprobación de la reforma.

Aunque la gran mayoría de la población estadounidense manifiesta descontento con el actual sistema de salud, principalmente por sus altos costos, la desconfianza en el gobierno —que es parte de su cultura política— crea oposición. Más importante, la falta general de confianza ha sido manipulada en función del miedo. Por ejemplo, la ex candidata a la vicepresidencia Sarah Palin y otros miembros de su partido han caracterizado el plan de salud como “orweliano” y “totalitario”. Sin embargo, detrás de todo esto hay un incómodo elemento racial.  Cualquiera que haya visto los afiches exhibidos en los tea party —un movimiento de protesta que surgió en 2009 en contra de la intervención del Estado— que representan a Obama como un doctor africano del vudú o un gorila, o que vio durante el voto en la Cámara cómo algunos manifestantes se refirieron a congresistas afroamericanos como “nigger”, difícilmente puede negar que lo racial ha constituido un aspecto central de las protestas contra esta reforma.

Lo cual no significa que todos los estadounidenses que se oponen a la universalización de la salud sean racistas.  Lo que sí sugiere es que la crisis económica ha generado sentimientos colectivos de rabia e incertidumbre acerca del futuro que se han dirigido contra el Presidente, quien personifica racial y políticamente el cambio que está experimentando Estados Unidos. No de otra forma puede entenderse cómo una reforma tan necesaria genera tanto miedo.

 

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