Por: Ignacio Zuleta

La salud no da plata

UNA VEZ, DURANTE LOS AÑOS MÁS duros de China en las postrimerías de la Revolución Cultural, visité en Beijing un hospital para hacerme examinar una dolencia.

La doctora, de la élite médica, encargada de los pocos diplomáticos y extranjeros que había en ese entonces, escuchó con atención mis síntomas y, como le solté dos o tres palabrejas en el chino macarrónico que había aprendido durante mi estadía, se sonrió, le cayó en gracia y conversamos mucho. El examen fue una fusión perfecta entre las técnicas antiguas de su ciencia, con pulsos y pupila y manos que auscultaban las vísceras profundas, y algunos aparatos modernos de estirpe occidental. Le pregunté entonces qué pensaba de la medicina en occidente. Volvió a mostrar los dientes y pensó un buen rato. Su respuesta aún resuena en mi cabeza: “Su medicina sirve para salvar la vida. Pero para curar los males, no funciona”.

Unos días después, almorzando con la misma doctora, me dio una lección práctica de la filosofía según la cual “el hombre es lo que come”. “Los chinos –me dijo al ordenar los platos del menú– no comemos sólo para las papilas gustativas sino también para el resto del cuerpo. Este hongo, por ejemplo, es bueno para el hígado. Esta mezcla de verduras equilibra los fuegos digestivos. Esta especia picante le sirve para aumentar la producción de enzimas…” Y cada ingrediente era un remedio, cada condimento una medicina, cada exquisita sopa un bálsamo, incluso preventivo. Y yo pensaba en la primitiva dieta colombiana del ‘Acpm’: arroz, carne, papas y maduro, con muy pocas verduras, servida para llenar el buche sin consideraciones de salud en absoluto; pensaba también en las salsas francesas, tan sabrosas como fatales.

Y en estos años, siguiéndole la pista a la medicalización extrema de la vida en Occidente, para la cual hasta la menopausia y la muerte deben ser tratadas como si fueran enfermedades espantosas, he visto cómo las yerbas medicinales y las pócimas naturales de nuestras tradiciones han desaparecido, avasalladas por la nueva medicina farmacéutica.  Los esfuerzos por enseñarnos a comer alimentos naturales y balanceados como un acto de higiene no son prioridad en un país que dejó fallecer el concepto fundamental de salud pública.

Si el hombre es lo que come, los colombianos que vamos “al seguro” estamos hechos de  acetaminofén. Como la salud no da plata, el sistema de salud está montado, como lo vemos claramente en estos días, en la especulación con los fármacos que recetan los doctores que a su vez se lucran con las comisiones de los laboratorios. ¿O acaso su médico discute con usted las ventajas que tendrían una dieta con más verduras y frutas frescas, el cambio de las bebidas gaseosas por las infusiones de yerbas medicinales y un poco de meditación para el estrés? No. A usted, lleno de temores ante la enfermedad, la vejez y la muerte, lo convencen los mismos médicos, la propaganda de las farmacéuticas y los políticos, de que sólo dentro de la santa iglesia del sistema de salud hay salvación.

Es el momento de adueñarse de su propia salud, investigar sobre la comida orgánica, la meditación sencilla, las plantas medicinales ancestrales, las vilipendiadas vitaminas, que por su  bajo costo y sus  muchos beneficios son despreciadas por los recetadores, y limpiarse las musarañas de que un parto, una regla, una menopausia o la muerte misma son asuntos médicos. Si le salvan la vida, agradezca. Pero la salud está en sus manos.

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