Por: Alvaro Forero Tascón

La seguridad

La tesis de que el deterioro de la seguridad se debe a falta de decisión política del Gobierno para combatir a las Farc, es una fabricación política inverosímil. Se debe a causas tan evidentes como soslayadas políticamente.

La primera es que los factores que producen la inseguridad permanecen casi intactos. Por las mismas razones que los incendios forestales no pueden apagarse mientras las condiciones desfavorables —el viento y el calor— no amainen, así se utilicen todos los recursos humanos y técnicos posibles que sólo alcanzan a proteger las zonas urbanas. No me refiero a las “causas objetivas” de la violencia, sino a las que no tienen sesgo ideológico y son incontrovertibles: el narcotráfico y el desalojo de los campesinos de las zonas agrícolas hacia áreas de colonización donde la coca y las Farc son pan y ley. Todo fenómeno arraigado no termina mientras permanezcan los factores que lo alimentan, así se le ataque con fiereza, y después de ocho años de seguridad democrática el narcotráfico sigue igual, y el histórico problema de la tierra se ha agravado. La seguridad democrática logró reventar la burbuja de la violencia producida por el cambio de carteles urbanos a carteles rurales a raíz de que el país pasó de ser exclusivamente traficante a cultivador, pero no logró rebajar a la guerrilla por debajo del tamaño que alcanzó a finales de los ochenta, ni evitar que el paramilitarismo se reciclara en bacrims bajo las narices del Gobierno.

La segunda causa del deterioro es la politización del tema de seguridad. La evidencia estadística muestra que el retroceso viene dándose desde la mitad del segundo periodo presidencial de Álvaro Uribe. Pero por vía de manipular la percepción de seguridad con objetivos electorales, durante años los ciudadanos han sido inducidos a creer que la guerra estaba cerca de ganarse, cuando las bacrim estaban creciendo y la  guerrilla recuperándose. La consecuencia es que ante la evidencia del deterioro, la opinión pública y los propios militares están pasando del triunfalismo al derrotismo, no se sabe cuál es la realidad y la seguridad terminó convertida en munición política contra el Gobierno, todo lo cual afecta negativamente los factores que permitieron mejorar: la unidad nacional y la confianza en el presidente y las Fuerzas Militares. El inicio del deterioro de los indicadores de seguridad coincide con la ‘Operación Jaque’, es decir, con el momento en que el populismo con la seguridad llevó al país a creer la fábula irresponsable del “fin del fin”.

La tercera causa la anuncia a gritos la ultraderecha en tono de chantaje: que sectores del Ejército están de brazos caídos a causa de la desmotivación que les produce que un almirante sea comandante de las Fuerzas Militares, y que la justicia esté investigando la comisión de los falsos positivos y otros horrores. El hecho de que los éxitos militares se limiten a operaciones aéreas sustentadas en inteligencia policial tienden a confirmarlo.

El deterioro de la seguridad se debe principalmente al manejo ideologizado y populista que se le ha dado. Para detener el retroceso se requiere una política más integral y pragmática. Afortunadamente el Gobierno parece tener claras las lecciones que dejó la seguridad democrática, y estar estructurando una nueva política.

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