Por: Alejandro Reyes Posada

La simplificación y sus consecuencias

Mientras Colombia recicla su conflicto armado con la reconstrucción de las Farc y el cierre de la negociación con el Eln, el Gobierno se ocupa con la tarea de derrocar el castrochavismo en alianza con los halcones del gobierno de Trump, un presidente más peligroso para el mundo que el mismo Nicolás Maduro, que es apenas un pequeño dictador que dirige una pandilla de ladrones que se robaron la riqueza de Venezuela. El problema es que la misma simplificación que orienta la política interna —no tenemos conflicto armado sino ataque terrorista a una democracia sólida—, que nos lleva a reciclar la guerra interna y a cancelar la reforma rural, opera en la política frente a la transición venezolana.

Venezuela es un país intervenido por Cuba, que le ha transferido las técnicas de defensa de una revolución contra el bloqueo norteamericano para ganar tiempo frente a su propio fracaso como modelo económico y político, como sostiene Joaquín Villalobos en El País de Madrid. Esas técnicas incluyen el sofisticado aparato de contrainteligencia y represión para compactar el apoyo militar a Maduro y la creación de las milicias para la defensa de la pretendida revolución bolivariana. También es un país arruinado por la destrucción del aparato productivo y el desmantelamiento de su capacidad exportadora de petróleo, que entró en la fase de la hambruna generalizada y el éxodo masivo.

Nadie duda que Venezuela necesita hacer la transición a la democracia, pero para lograrlo se debe considerar la verdadera complejidad de la situación, que requiere un manejo realista y cuidadoso para desactivar la bomba de tiempo que amenaza sumirla en el pantano de la guerra civil prolongada. La simplificación que ha orientado la política de Colombia frente a Venezuela es la misma simplificación que triunfó en el No a la paz y llevó a Duque a la Presidencia, que consiste en ver en blanco y negro la democracia y sus enemigos, que se resume en el dilema entre democracia y terrorismo, y en Venezuela, entre dictadura y democracia.

Habiéndose descartado la intervención militar norteamericana desde territorio colombiano, que equivale a tratar un cáncer a garrotazos, y habiendo fracasado el intento de erosionar el apoyo militar a Maduro, que fue la segunda apuesta, el envío forzado de ayuda humanitaria sólo sirvió para reiterar el chantaje alimenticio que compra el apoyo del pueblo chavista al gobierno militar de Venezuela. Estas movidas han reforzado el nacionalismo antiimperialista y han compactado la lealtad interna contra el intervencionismo de Estados Unidos, cuya democracia en manos de Trump dejó de ser un buen producto de exportación.

La derecha colombiana en el poder ha participado en las tres estrategias fallidas y por tanto ha contribuido a dificultar la salida negociada de un gobierno de transición en Caracas, lo que aumenta las probabilidades de una “colombianización” de Venezuela, que está pasando de ser una economía rentista del petróleo a ser una economía predatoria del oro y el coltán en manos de organizaciones criminales. La única manera de impedirlo es restablecer la democracia y al mismo tiempo preservar la institucionalidad de las fuerzas armadas de Venezuela, para que sean capaces de garantizar el orden en la transición y reconstrucción del país.

 

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