Por: María Elvira Bonilla

La sinfonía de la diversidad

EL PASADO DOMINGO, BOGOTÁ TUVO el privilegio de escuchar, en el nuevo Teatro Mayor del Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo, una de las expresiones culturales más representativas, más cargadas de simbolismos de humanidad: la Orquesta West-Eastern Divan.

Una iniciativa del gran músico argentino-israelí Daniel Barenboim y el inolvidable filósofo palestino Eduard Said. Se juntaron hace once años en Weimar, Alemania, para darle forma a una idea que buscaba mostrar en los hechos que la música puede ser formidable punto de entendimiento, esta vez entre árabes e israelíes. Un espacio de contacto y comunicación en el que, como en todas las expresiones artísticas, los seres humanos son iguales. Porque el talento es lo único que cuenta.

El punto de partida fue el convencimiento que tuvieron los dos, y desde orillas distintas, de la inexistencia de una solución militar para el conflicto de Medio Oriente, ni desde el punto de vista estratégico ni moral, como dice Barenboim. Convencidos igualmente de que la cultura es el ámbito del pensamiento independiente que les permite a los pueblos enfrentados encontrarse en pie de igualdad y con ello intercambiar ideas libremente y que una orquesta es el mejor ejemplo del logro de la armonía en la diversidad, le dieron luz a su proyecto. Un árabe y un israelí comparten cada atril, para reafirmar el diálogo de talentos y creatividad con el que derrotan la radicalización y el fanatismo imperantes en el terreno de la política. Said —quien murió en 2002— y Barenboim quisieron que la orquesta propiciara el contacto entre dos pueblos enfrentados históricamente, anticipándosele al acuerdo de paz que tarde o temprano tendrá que poner fin a las hostilidades.

Un experimento que llama a la reflexión en países atascados en un conflicto interno como el nuestro, en el que la cultura podría convertirse en el puente que lime asperezas y acerque a los enfrentados. Condición para que la alegría derrote el odio y el rencor, en lo que han fracasado los políticos de todas las pintas y tendencias, armados o no, que no consiguen destrabar el engranaje de 50 años de guerra.

Llama la atención la ausencia de la cultura en el discurso presidencial del 7 de agosto. No le ameritó una frase a Juan Manuel Santos, muchos menos un párrafo o una reflexión, cuando podría ser vector determinante para los cambios en la vida del país, pregonados por la Unidad Nacional. El Ministerio de la Cultura sigue limitado a ser el espacio de animadores y recreacionistas que llegaron al culmen con los conciertos del 20 de julio, por lo único que se recordará a la ministra Paula Morales. Gran desafío el de su sucesora Mariana Garcés, quien deberá sembrar en los consejos de ministros y en los escenarios de decisión una visión que vaya más allá de la cultura-espectáculo, la promoción de eventos y el reparto de partidas presupuestales, para que el gobierno y los sectores sociales y económicos entiendan finalmente que la tarea cultural es prioritaria para avanzar hacia un entendimiento en medio de la diversidad colombiana, condición sine qua non para el despegue de la cacareada prosperidad democrática.

 

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